22 dic 2008

El lavavajillas

El otro domingo, segundo de los tres días seguidos de fiesta del puente de la Constitución, me disponía a disfrutar de una inactiva y relajada tarde de invierno sentado en el sofá al romántico calor de la estufa de butano. Pero antes tenía que poner en marcha mi adorado lavavajillas, máquina celestial donde las haya.
Habiéndose acabado ya el bote de jabón de lavavajillas barato pero eficiente que tenía (el Calgonit es carísimo) me preparé para estrenar el nuevo Top Budget, excelsa marca blanca del Intermarché, que compré unos días antes a un precio tan módico como sospechoso.
Si no lavaba bien del todo lo pondría otra vez, y si aún así se resistiese a eliminar hasta la última huella de suciedad intentaría aguantar el fin de semana como pudiese y compraría otro y listo, cualquier cosa con tal de no lavar a mano. Pero, ¿por qué iba a ir mal? Intermarché es un súper más o menos fiable.
Agarré el bote con rutinaria resolución y busqué en el tapón la pequeña hendidura para verter el jabón en la jabonera de la máquina. Pero...
...la hendidura no estaba.
Mmm...
Demasiado barato –pensé-, tendré que afinar para no echarlo fuera, pero como es tan barato si se pierde algo no pasa nada.
Desenrosqué el tapón. Era la primera vez en mi vida que desenroscaba algo para poner un lavavajillas. Ha de haber una primera vez para todo en la vida. Me vino un olor a lavavajillas barato que me sorprendió más aún que lo de la hendidura, lo que me hizo mirar en el interior del bote. Lancé una mirada temerosa y descubrí lo que nunca hubiera imaginado, el jabón era líquido. Jabón de lavavajillas líquido.
Mi confuso cerebro empezaba a vislumbrar un error en todo aquello, pero aún era ajeno a la tragedia que estaba por venir. Alcé el bote hasta la altura de mis ojos y lo observé con recelo.
La etiqueta rezaba:
“Lavavajillas”.
Nada más.
Aterrado, giré el orondo recipiente para buscar algo más de información en su parte trasera, y en ella ponía:
“Modo de empleo”.
Mis ojos, desobedeciendo a mis neuronas, se dirigieron a la línea siguiente.
“Aplicar el producto sobre una esponja y frotar la vajilla y cubiertos a limpiar. Una vez eliminada la suciedad aclarar con agua y dejar secar”.
Dios mío.
Las prisas a la hora de comprar habían hecho que me confundiese de bote y había comprado jabón para lavar a mano.
Dios mío de mi vida.
Las piernas me empezaron a temblar. Un sudor helado me empapó todo el cuerpo en un santiamén.
No podía ser.
Mi desconcertada mente intentó buscar un remedio a este tremendo desaguisado. Hoy es fiesta, las tiendas están cerradas y... ¡Ay Dios mío, mañana también!
¿Tendré que fregar todo esto a mano?
¿Qué será de mí?
No puede ser, tiene que haber una solución.
Pero no la había.
Intenté hacerme cargo de la nueva situación, sin perder los nervios, conservando la calma, lo que desgraciadamente me hizo recordar que el grifo del agua caliente estaba roto.
Mis excitadas neuronas volvieron a funcionar de una forma alocada y crearon en mi cabeza la idea de que posiblemente habría algún supermecado de guardia que me podría salvar la vida. Nada más lejos de la realidad. Eso es sólo para las farmacias. Salí disparado hacia el perchero para ponerme la chaqueta y... y rápidamente se me borró la absurda idea de que en una farmacia vendiesen lavavajillas de máquina.
No había solución.
“Frotar”, decía la etiqueta. “Frotar, frotar, frotar...”
Me sumí en una niebla oscura y profunda de la que creí que nunca saldría, pero, armado de toda la voluntad que pude reunir de lo más profundo de mi ser, empecé a sacar los cacharros de la inactiva máquina.
A los dos minutos de forzoso trabajo tenía las manos heladas, a los tres la espalda molida, y a los cuatro las cervicales se me cristalizaron en una extraña aleación más dura que el titanio.
“Frotar, frotar, frotar”.
A media faena resolví dejar el resto para el día siguiente. Enfundé mi magullado cuerpo en la bata y me senté en el sofá al romántico calor de la estufa de butano.
La estufa funcionaba. Menos mal. Y me di cuenta de que con sólo accionar un interruptor se encendían las bombillas de la lámpara. Y desde el mismo sofá podía cambiar el canal de la tele para ver sus estúpidos contenidos. También recordé que en la galería había un máquina que me lavaba la ropa y otra que me la secaba, en el bolsillo un cacharrito que me permitía comunicarme con otras personas a distancia, a la distancia que sea. Y cómo no, también pensé en la maquinorra que tenía en la calle con la que podía desplazarme rápida y cómodamente a lugares que de otra forma sería imposible.
Imposible no. Nada es imposible.
¿Qué haríamos sin todas estas cosas?
Vivir.
La vida sería muy diferente, eso está clarísimo, pero viviríamos. No sé si más felices o menos, eso depende de otras muchas cosas, pero viviríamos.
¿Dependemos de todas esas comodidades?
Nuestra comodidad depende de todas esas comodidades, nosotros no. Eso está muy bien decirlo, pero por si acaso, intentemos conservar el frágil equilibrio que nos permite vivir así, y una buena manera es saber valorar la cómoda rutina en la que se ha convertido nuestra vida.
“Rutina” es una palabra que connota aburrimiento, dejadez, despersonalización, automatización, bla, bla, bla, todo esto suena fatal, pero a mí me gusta.He aquí el objeto de mi desdicha.

9 dic 2008

Calcetines nuevos

Estrenar unos calcetines es uno de esos pequeños placeres que, si se saben disfrutar, le dan a la vida un poquito de chispa. Me encanta estrenar calcetines, aunque sean de los chinos.
Ya está, sólo era eso.