31 jul. 2008

El acueducto. Capítulo II.

(Para ver el capítulo I pinchar aquí).

Juan Luis Peñalba tenía una gran aprecio por su tío Miguel. Juntos hablaban de todos los temas imaginables y de vez en cuando salía el tema de Blas y sus historias. El tío Miguel tenía una mirada profunda, llena de sabiduría, que inspiraba confianza y complicidad, pero quizás la característica externa más vistosa era su bastón, de acacia, fuerte como el acero y ligero como un suspiro, que usaba como si fuese una quinta extremidad.
-¿Te acuerdas del día que nos contó la historia sobre aquella avioneta que pasó por debajo de la Torre Eiffel?
-Sí, tío Miguel, dijo que él era el copiloto.
-Se había apostado con el general de no sé qué brigada que si lo conseguía éste le dejaría una noche a su hija para sus gustos y placeres y si no, le cortaría los cojones.
-El general de brigada, después de conseguirlo, le quería cortar los cojones igualmente porque por lo visto el responsable ese día del aire era él, y le cayó la del pulpo, o algo así.
-Se conoce que fue al aeródromo de por allí, donde conocía un amiquete, desertor del ejército del aire, que tenía una avioneta.
-A mí me dijo que le apuntó con una pistola.
-Así son dos versiones diferentes.
Rieron los dos sonoramente, mientras degustaban el delicioso café que hacía tío Miguel.
-Gran tipo Blas.
-Sí, gran tipo.
-Una vez me salvó de una buena, Juanlu.
-¿Cuándo fue eso?
-Lo del gitanillo.
-Ah!, lo recuerdo vagamente.
-Tenía yo montado el puesto de café en el mercadillo y el gitanillo aquel me quiso robar un molinillo. Le enganché y no se me ocurrió otra cosa que endiñarle un coscorrón. A los dos minutos tenía allí a tres gitanazos dispuestos a abrirme en canal.
-¿Y qué pasó?
-Pues que en el momento en que los gritos iban a pasar a un segundo plano apareció Blas, que había sido avisado por no recuerdo quién, y gritó todo lo fuerte que pudo: -¡Heredias, compañeros! Y se puso a vociferar en caló con ellos, que le reconocieron al instante. Resulta que un día, en la feria del Rocío, Blas entabló amistad con ellos, no le fue difícil pues les contó que una vez le había abierto la cabeza a uno de los Cobos, clan rival de los Heredia, sólo por mirarle mal.
-¡Qué fuerte, vaya trola!, pero ¿Blas habla caló?
-Eso fue lo que más me sorprendió, en realidad, nadie conoce su origen, y ni siquiera conozco a nadie que pueda asegurar que el suyo sea su nombre real.
-A saber cuál de sus orígenes contados es el verdadero, si lo es alguno.
-Pues faena tuvo, porque los Cobos lo estuvieron buscando un tiempo para arrancarle la piel.
-Pero…
-No no, sólo por la trola, si lo de la cabeza abierta fuese verdad lo hubiesen encontrado seguro. El saberlos esquivar le hizo ganar aún más prestigio entre los Heredia.
-Así lo del molinillo se arregló rápido.
-Y tan rápido, como que cerré el puesto y nos fuimos al bar a celebrar tan feliz encuentro.
-Lo que son las cosas…
-Y eso fue gracias a Blas, estimado sobrino.
-Es que es una gran tipo.
-Lo es.
-Yo también tengo una historia semejante, tío.
-Cuenta cuenta.
-No hace mucho, allá por el mes de abril. Como sabes he estado estudiando filología castellana.
-Sí, señor licenciado.
-Pues el profesor de Literatura, Don Julián Casas, más conocido como el Neandertal, por la monstruosa forma de su cráneo, tiene una concepción diferente al resto de los mortales de la dicción castellana.
-Aclárese vuesa merced, se lo suplico –dijo el tío Miguel, poniendo cara de estar hablando con un ministro-.
-Cuando se encuentra una ce seguida de consonante la pronuncia como una zeta.
-¿Y bien?
-Pues que para palabras como por ejemplo “pacto”, él dice “pazto”, pero si la ce va seguida de otra ce, como en “acción” la dice bien. No hay ninguna regla en nuestro idioma que explique eso.
-Déjame adivinar, y tú con lo dao por culo que eres no haces más que corregirle…
-Efectivamente.
-Y el tipo coge unos berrinches que ni te cuento.
-Efectivamente. Cada vez que dice “azta” o “peztoral” se me eriza todo el vello del cuerpo, y no puedo remediar levantar la mano y protestar, pero el menda está convencido de que lo dice bien y claro, nos enzarzamos en intensas discusiones que a veces nos ocupan gran parte de la clase. Le he presentado tratados de ortografía de todas clases pero no los quiere ni mirar, no consiente que un alumno le corrija.
-Maldita soberbia.
-Ni más ni menos, y como el tío no cede, aunque no tenga razón, no pierdo la oportunidad de discutirle el significado o el mensaje de una poesía, la intención del autor en un ensayo o el contexto histórico de tal obra.
-Abono más que suficiente para que te coja una manía que pa qué…
-Aquí es donde voy. A partir de enero las notas de mis exámenes empezaron a bajar en picado, sobretodo en ejercicios en los que se pedía el punto de vista personal o en los que no había una respuesta correcta clara, en los que la valoración del profesor podía depender de inciertos aspectos.
-Permíteme decirte, sobrino, que te lo buscaste.
-¿Te vas a poner de su lado?
-¡Por supuesto que no! Pero con personajes así no se puede hacer nada, tu profesor se morirá sin reconocer su error, y por lo que puedo intuir, ni ese ni cualquier otro, lo que es un tremendo freno para la evolución de la persona. Es imposible que uno tenga siempre razón, imposible, en nuestras ideas siempre hay que dejar un margen de duda, aunque sea pequeño, si no corremos el riesgo de equivocarnos gravemente en aspectos importantísimos de la vida. Esto no quiere decir que no estemos seguros de nada, seguridad hay que tener, pero si alguien expone otra opinión diferente sobre algo que tenemos ya establecido por completo lo mínimo que se puede hacer es escuchar, y aunque en ese momento le digamos al interlocutor que está loco, que no sabes como puede pensar así, después hay que hacer el esfuerzo de reflexionar, es entonces, estando sólo, cuando el conocimiento aparece vete a saber de dónde y las ideas se hacen más claras. Rectificar dicen que es de sabios.
-(…)
-Te abruma un poco.
-Un poco.
-Ir de listillo no sirve de nada, lo único que consigues es poder vacilar con los colegas, reírte a costa de alguien, satisfacer tu orgullo personal, o dicho de otra manera, alimentar tu ego, cosas que a una persona íntegra no le sirven de nada. Y a parte de eso lo único que puedes ganar es un suspenso como una catedral, que siendo licenciado como eres creo que no es el caso.
-Sí, que hemos desviado el tema…
-Necesariamente.
-Síííí, vaaaale, el caso es que se lo conté a Blas.
-Buf, con el aprecio que te tiene rezo por el Neandertal.
-Tus oraciones son ya inútiles.
-Parece un epitafio.
-No es para tanto. El caso es que el día después de contárselo apareció el profe con una hermosa bufanda, vale que aún no hacía calor, pero tampoco frío como para abrigarse así.
-Algo ocultaría, me temo.
-Dicen que llevaba unos moratones en el cuello de hermosísimos colores, el extremo azul del espectro electromagnético al completo.
-Te podrías haber buscado la ruina.
-Ya lo pensé, pero salió bien, pues a partir de ese día me trató con mucho más respeto, lo que le quitó la gracia a nuestras discusiones.
-Qué jodío que eres, chaval.
-¿Yooooo?
-¡Sí, tú, huevón! –soltó el tío Miguel justo antes de empezar e reír como un poseso, a lo que Juan Luis le acompañó sin dudarlo-.
-Hablé con Gavilán, pero nunca reconoció haber intervenido.
-Fantasma con la mentira y humilde con la verdad.
-Es un gran tipo.
-Lo es
Juan Luis se quedó mirando al aire, sabía de sobras lo que iba a decir su tío en ese momento.
-Dime que reflexionarás sobre lo de…
-Sí, haré el esfuerzo.
-Hazte ese favor.
-Lo haré tío Miguel, sabes que siempre te hago caso.
-Casi siempre hijo, casi siempre.
Se sonrieron, se dieron un abrazo y se despidieron, cada uno tenía cosas que hacer, cosas sobre las que reflexionar.

(Para ver el capítulo III pinchar aquí).

Nota. El personaje de tío Miguel está inspirado en el señor de la foto, que se llama Miguel, y es tío de Isa.

NASCAR


Esto sí que son carreras de coches. Aquí sí que hay emoción de verdad hasta la última vuelta. Los 43 coches son casi iguales, en los diez últimos minutos de carrera puede ganar cualquiera que esté entre las 30 primeras posiciones. Cambios de líderes constantes, casi un ganador diferente por carrera, continuos adelantamientos, posibilidad de desdoblarse, constantes reagrupaciones, intensas entradas a boxes, circuitos ovales, donde los espectadores pueden abarcar de una vistazo todo el circuito, 36 carreras al año...
En la F1 la salida es mucho más espectacular, eso por supuesto, y los adelantamientos, cuando los hay, son más vistosos, pero si un coche es adelantado rara vez le devuelve la jugada al otro, eso en la NASCAR no pasa, los piques entre dos pilotos pueden durar 50 vueltas, en las que se adelantan uno a otro un montón de veces.
La F1 tiene lo suyo, de eso no hay duda, pero lo que se echa en falta en los GP lo tiene la NASCAR, y viceversa.
En la NASCAR lo suyo es tener un favorito, hay muchos capaces de ganar carreras, Killy Bush, Carl Edwards, Jimmy Johnson, Denny Hamlin… y muchos más, lo jodido es que lo tienes el primero y si te despistas le adelantan 30, pero luego recupera y adelanta a 15, y después le adelantan 10, así durante toda la carrera.
También está Juan Pablo Montoya, pero suele quedar sobre el puesto 25, no es un buen favorito, además, siempre la lía provocando accidentes, por lo menos 2 por carrera, no le ha cogido el rollo.
Si te animas, lector, en el eMule están todas las carreras de la temporada, las primeras supongo que costarán bastante de bajar pero las últimas –van por la 19- bajan bastante rápido.

Sobran comentarios

El acueducto. Capítulo I.

-He estado en Segovia –dijo Juan Luis Peñalba con una amplia e ilusionada sonrisa, orgulloso de acoger ya para siempre en su memoria tan bella ciudad.
-¡En Segovia! Gran suerte la suya amigo, habrá disfrutado de la impresionante visión del acueducto romano... –Blas Ibáñez Gavilán siempre presumía de haber visitado el mundo entero, habido y por haber, incluso un día, borracho como una cuba de ron, aseguró haber estado en la estación espacial Mir.
-¿Qué acueducto?
-¿Cómo que qué acueducto? –gritó Blas- ¿Está usted ciego, querido compañero? No conozco ser vivo capaz de la proeza de estar en Segovia y no…
-Es broma hombre –dijo el joven cuando Don Blas ya le agarraba el brazo para llevárselo camino de la óptica más cercana.
-Lo he visto y bien visto, pues he hecho el loable esfuerzo de recorrerlo de punta a punta, adentrándome entre callejuelas y trepando cuestas y escaleras.
Blas le miró condescendiente sabedor de las dimensiones de la antigua obra arquitectónica, le miró como diciendo: -Sí sí, ya ya, ¿me lo dices o me lo cuentas?
-Y… ¿qué me dice del cochinillo de Cándido, Mesonero Mayor de Castilla? Porque tengo que suponer, estimado amigo, que no ha dejado escapar la ocasión de degustar tan rico manjar…
-Sabroso y meloso, y además lo disfruté desde la terraza del mesón, mientras anochecía, repartiendo mi atención entre el plato, el vino y el acueducto.
-Doy por hecho que subió usted a la plaza de la catedral, a admirar tan majestuosa obra.
-Majestuosa y de complicadísima estructura, me impactaron las sonrientes gárgolas, que parecen estar pensando: -Quédate ahí un rato más, que como llueva te voy a dar un buen baño. Y también me fijé en la cantidad de tiendas de repostería típica, maldita dieta, en las terrazas de sus bares, en sus restaurantes de lujo a buen precio, en sus calles, por las que parece prohibido llanear, en la tienda donde compré este lápiz y este cuaderno, en la Tasca del Abuelo, la cafetería Tahona y mil lugares más, que en su conjunto me han dejado una imagen de Segovia que dudo que pueda olvidar en mucho tiempo, pero no es sólo la imagen, son las sensaciones vividas, que acompañarán ese recuerdo para siempre…
-Se me ha puesto usted melancólico, querido amigo.
-Segovia no es para menos, Blas.
-Le dije que le gustaría.
-¿Cómo dices?
-Lo que oye, joven.
-No recuerdo haberte hablado de la intención de mi viaje.
-Disculpe, habrá sido un sueño, pero yo siempre recomiendo la visita a tan exquisita ciudad castellana.
-Blas, en mi vida te he oído hablar de Segovia.
-Bueno, estimado Juan Luis Peñalba, le tengo que dejar, que mis quehaceres no pueden esperar más –dijo Blas Ibáñez con cara de ladrón cojo, dispuesto a realizar sus “quehaceres” en el bar de la esquina.
-Adión Blas Ibáñez Gavilán –repuso Juan Luis con una sonrisilla entre pícara y tierna.

Juan Luis Peñalba conocía sobradamente la relación amorosa de Blas con la mentira, que le hundía a veces en atolladeros insalvables. Blas no había estado en su vida en Segovia, ni en Segovia ni en Salamanca, y ni mucho menos en la estación espacial Mir. Donde sí había estado muchas veces era en el telecentro del barrio, al que iba raudo cada vez que se enteraba del viaje de algún conocido para empollarse de pe a pa todo lo que puediese sobre el destino elejido para dárselas después de enteraíllo. Blas decía que con la de mundo corrido que ya tenía no necesitaba viajar, pero la realidad era que el barco le mareaba, el tren y la carretera le asustaban, y la sola idea de volar le paralizaba por completo. Además, sus “quehaceres” diarios devoraban casi todo su escaso presupuesto. Lo más lejos que había estado del barrio fue una vez que, siendo mozalbete, robó una revista de mujeres del quiosco de Rufino, éste le descubrió y Blas salió corriendo como alma que lleva el diablo. Corrió tanto que sin querer llegó a las afueras y pensó en voz alta –Dios mío, ¿dónde estoy?. Después de pensar aquello unas ciento cincuenta veces más pudo encontrar el camino de vuelta a casa, que amenizó ojeando el Cosmopolitan sustraído, no sin una gran decepción, pues, las mujeres ¡llevaban ropa puesta!
Pero Blas era, y es, un gran tipo, daría por cualquiera la vida, y además tiene la mente más imaginativa del barrio. No hay nada como eschuchar sus quijotescas aventuras por las diversas geografías del mundo.

(Para ver el capítulo II pinchar aquí).

20 jul. 2008

La Pantera Rosa


Vaya pedazo de personaje. Hacía siglos que no veía cortos de La Pantera Rosa, Ami me los pidió y le bajé 46. No esperaba que después de tanto tiempo fuese a disfrutar tanto.
Son dibujos para niños, que tienen su visión particular, pero también son para adultos, que son un tipo de personas capaces de entender las cosas de otra manera.
Esa gente, los adultos, son capaces muchos de ellos de entender ese genial humor surrealista de La Pantera Rosa, de darse cuenta de las incoherencias que te presentan un personaje superastuto que a la siguiente escena cae en la más completa ingenuidad, un ser de grandísimo corazón que se vuelve travieso al momento, capaz de hacer la vida imposible a su inseparable compañero, el inspector Clouseau.
Recuerdo ahora el corto en el que el pobre inspector se cae por una ladera nevada y acaba siendo envuelto en una bola de nieve enorme. Tranquilamente La Pantera Rosa dibuja una puerta en la bola y lo saca hecho un témpano de hielo. Lo lleva al lado de una chimenea, empieza a gotear y se derrite ¡entero! sobre la alfombra, la pantera escurre la alfombra y del agua que cae se vuelve a formar como si se llenase un recipiente el inspector, esta vez seco. Un surrealismo que da vida a un asterisco enorme y otro pequeño que se burlan del felino hasta hacerlo desesperar.
Personajes dibujados de forma minimalista, de un solo color, sobre fondos de gran colorido, fondos a veces también minimalistas pero con vida propia, puertas que cambian de pared, escaleras creadas en el acto…
Y qué me dices del personaje. ¡Estamos hablando de una pantera de color rosa!! Ambiguo donde los haya, a ver si alguien es capaz de decir si es pantera o pantero, totalmente muda, lo que le hace recordar a Chaplin, elegante, relajada, tranquila y confiada, andares de chulapo…
Surrealismos varios que te fijan la sonrisa. Un diez para La Pantera Rosa.
¿Y qué me dices del pastelito de Bimbo?

Historia de un divertículo

Antes de nada quiero dedicar las primeras líneas a Isa. No hay palabras para agradecer todo lo que ha hecho por mí, ni palabras ni hechos, y puede que ahora ni siquiera sea realmente consciente de ello. Pero no quiero recitar aquí punto por punto todos esos momentos, lo que ha sentido ella y lo que sentido yo, lo arropado que me encontraba cuando estaba a mi lado y lo mucho que la echaba en falta cuando no estaba, lo que ha sufrido ella, por mí, y lo que he sufrido yo, por ella y por mí, con esto lo digo todo, los detalles son cosa nuestra, es algo íntimo. Sé que no tengo que agradecérselo, que lo ha hecho porque me quiere y ya está. Aún así: Muchas gracias Titi.

-De cómo un apacible día 15 de enero de 2008 se me ocurrió cumplir cuarenta tacos (y de cómo a partir de entonces empezaron todos los males).
Aproximadamente el 22 de junio empecé a sentir un dolorcete en la parte baja del abdomen, nada serio, -¿Qué coño será esto?- me preguntaba yo. El dolorcete fue aumentando paulatinamente y el día 26 de junio cambió de nombre y empezó a llamarse dolor, además el cabrón invitó a unas amiguitas a la fiesta que se llamaban décimas de fiebre, entonces decidí ir al médico. Mar –la doctora- me dijo que podría ser una apendicitis con síntomas un tanto atípicos, me recetó un calmante y me dijo, con cara de preocupación, que si al día siguiente me seguía doliendo y no me bajaba la fiebre fuese corriendo al hospital.

-Día 1, viernes 27-06. El ingreso.
Y efectivamente, ni se me pasó el dolor ni me bajó la fiebre y fui de urgencias. Al poco rato de estar allí me vi sentado en una silla de ruedas, con la vía intravenosa colocada en el antebrazo y camino del quirófano. -¡Madre mía, qué coño hago yo aquí!- pensé. Se disponían a operarme de apendicitis.
El quirófano es un sitio muy frío y está lleno de maquinitas que hacen piii, pi, piiiiii, me parecía que estaba en una especie de nave espacial de película, y la atención que me dedicaban todos los que estaban allí me hizo por un lado sentirme arropado pero por otro preocupado. Ver la cara del anestesista no hizo sino aumentar mi preocupación, su barba blanquinegra de cinco días, su nariz aguileña y su careto cadavérico me hicieron resignarme a depender de ellos y dejar de pensar, y precisamente a eso, a dejar de pensar me ayudo la dosis de anestesia que en segundos hizo que me sintiese grogui y en dos minutos completamente dormido.
La reanimación fue jodida, cómo no, pero al menos dejaron a Isa que me acompañase, todo lo que me hacía o decía me molestaba pero no hay nada mejor que no sentirse sólo en momentos así.
La primera noche, bajo los efectos de la anestesia, dormí como un lirón y no me enteré de nada. Ojalá hubiese estado anestesiado los cinco o seis días posteriores.

-Día 2, sábado 28-06. De cómo me descubrí a mí mismo hecho un asco.
A medida que me despertaba iba notando diversas cositas, tenía una sonda gástrica, que entra por la nariz, sigue por el huequecillo ese que cuando nos atragantamos al beber decimos –¡Mierda, se me ha ido por el otro lado, cof, cof!- y llega hasta el estómago, buena ruta, sí señor. Para sujetar la sonda en la nariz tenía un esparadrapazo que me tapaba buena parte del agujero izquierdo y para rematar otros dos tubitos, los del oxígeno, que su función era estar cada uno en una fosa nasal pero no estaban bien sujetos y no hacían más que dar por culo. Además me salía otro tubito del la vía del antebrazo que llegaba hasta una bolsa de suero y para rematar un vendaje en la barriga que ocultaba una raja que iba desde encima del ombligo hasta el vello púbico y otra, la del apéndice, medio horizontal medio diagonal, de unos diez centímetros más. Vaya percal.
Al poco vino el médico y nos explicó la intervención. Hicieron una incisión para acceder al apéndice y mira tú por dónde que el apéndice estaba bien, ya puestos me lo quitaron. Hicieron otra incisión para ver que diantres había por ahí y palpandillo palpandillo encontraron un divertículo del tamaño de una pera adosado al intestino delgado en la parte baja del abdomen. El amigo divertículo no era uno cualquiera, era un divertículo de Meckel (que no Merckel como decía yo al principio, es decir, que no es el marido de la canciller), que es una protuberancia que se queda pegada al intestino desde que nacemos, es un defecto congénito, por decirlo de alguna manera, restos del cordón umbilical, y suele dar problemas, si es que da, como mucho hasta los dos años de vida. Pues el mío no podía seguir la regla, no. Él tenía que ser diferente el jodío por culo, y un buen día se empezó a inflar y a inflar hasta que me empezó a doler, y menos mal porque ya había empezado a haber un poco de peritonitis, esto es que se revienta y el contenido intestinal empieza a salir (qué asco).
Me dijo el médico que si todo iba bien en tres días me quitarían la sonda y en poco más estaría en casa.
Ese día mi jefe, Joan, vino a verme. Le había dicho a las siete de la tarde que ya me encontraba mejor y a las diez le llamó Isa diciendo que me ingresaban, preocupado, quería saber cómo estaba. Se lo agradezco infinitamente. Es difícil explicar lo bien que sienta en momentos así recibir la visita de alguien, quien sea, y si es alguien querido más, y Joan es un gran tipo.
Esa noche pude dormir más o menos un poco.

-Día 3, domingo 29-06. De cómo sobrevinieron las peores noches de mi vida.
Ese día me levanté de la cama por primera vez, el día fue pasable y por la noche a España no se le ocurrió otra cosa que ganar la Eurocopa -y yo aquí-, cuarenta y pico de años sin ganar nada y el día que se obra el milagro me encuentro hecho polvo en un hospital, en fin.
Esa noche fue, con diferencia, la peor de mi vida, no exagero, nunca lo había pasado tan mal. La puta sonda al tragar me hacía un daño terrible en la garganta y si me movía un poco me daba unas náuseas que me llevaba el Diablo (puaj), por tanto no me podía mover, pero la espalda me dolía horrores, en parte por la operación, que se hace sobre una plancha de aluminio y en una postura bastante mala, pero claro, como no te enteras no te quejas, y en parte por el colchón, gastadísimo, con una depresión tremenda en el centro que me obligaba e estar en un lado de la cama, casi a punto de caerme, y una consistencia tan pésima que hizo que me conociese al dedillo la estructura de hierro de la cama. Además, claro, me dolía la barriga, hinchada como un balón de nivea. Y para más inri, las enfermeruchas y auxiliaruchas que había esa noche entraban cada dos por tres encendiendo las luces más potentes para cualquier cosa, una para ponerme un puto termómetro, otra para quitarlo, otra para mirar la presión, otra para poner un medicamento, otra porque sí, otra porque no, y otra vez el termómetro, y otra vez la presión… Eso sí, me ponían sólo los calmantes prescritos y no me dijeron que podía pedir entre dosis y dosis otro que me ayudase a soportar el dolor. Una de ellas, asquerosa y fea como su puta madre, como no llegaba bien al suero, en vez de apartar un poco una mesita se le ocurrió apoyarse en mi maltrecho cuerpo –¡Pero qué haces!- musité, y encima se creyó con el derecho a enfadarse, esa noche cogí complejo de dummy.
Todo este suplicio duró horas y horas y horas. Por la mañana, completamente agotado me dormí casi sin querer y pude descansar unas horas (dos o tres).

-Día 4, lunes 30-06. De cómo las visitas salieron espantadas.
Lunes, día de mercado en Tremp, juro que parecía realmente que habían montado los puestos en el pasillo. ¡Joder qué escándalo! Qué poco respeto y qué poco de nada, ¡Esto es un hospital, no un mercado!!! Ni se respeta ni se hace respetar, qué asco de sitio.
Huelga decir que mi aspecto cuando me levanté era deplorable.
Me pinzaron la sonda para probar si empezaba a digerir bien y al cabo de unas horas se me empezó a repetir lo que fuera que tuviese en el estómago y entre eso y la ayudita de la sonda tocándome la garganta pegué una vomitada de tres o cuatro litros de un líquido verdinegro que me recordó a bonitas escenas cinematográficas de películas como “La Mosca” o “El Exorcista”.
Evidentemente me volvieron a despinzar la sonda. –Esto no va bien, esto no debería haber pasado-, creo que pensé en ese momento, pues mi cerebro funcionaba más o menos al ritmo de mi cuerpo, es decir, lento y mal.
Entre la maravillosa noche, la vomitada y la barba de nosecuántos días parecía un espectro minusválido. Momento que desgraciadamente escogieron Dani y Antonio para venir a verme. Se pegaron un susto de mil demonios. A Dani aún tuve fuerzas para decirle que me sabía muy mal, que muchísimas gracias por la visita pero que no era el momento, a Antonio no me hizo falta decírselo.
Ese día supliqué un cambio de colchón pero me dijeron que todos eran iguales.
Y, amigo blog, ¿A que no sabes cómo pasé esa noche? Pues eso.
A no sé qué hora de la noche tenía la espalda tan molida que ya no aguantaba más, literalmente, ya no aguantaba más. El colchón traslúcido transformó cada hierro de la cama en una espada, cogí complejo de fakir. Entonces nos dimos cuenta que el colchón de la cama vacía que había al lado era muy diferente, más alto y con apariencia más consistente. Pedimos el cambio.
-Eso lo tenéis que decir por la mañana, que hay más personal, ahora no podemos.
-Pero es ahora cuando tengo la espalda molida, me conozco todos los hierros de la cama y aún quedan muchas horas, me va a dar algo, no te imaginas lo mal que lo estoy pasando.
-Pero…
-Sólo hay que cambiar un colchón, éste por ése, y ya está.
-Es que no podemos…
-Si no podéis vosotras lo hacemos nosotros.
-Eso no os lo vamos a permitir.
-Eso lo veremos.
-Hay más pacientes y mucho trabajo, no sois los únicos, lo consultaremos a ver qué nos dicen y ya os diremos algo.
-Vale, pero por favor, daos prisa que ya no puedo más.
Se fueron aún con más cara de asco que con la que entraron. Isa y yo nos quedamos allí, convencidos de que nos habían dado largas, de que no vendrían. A esta gentuza le importa una puta mierda que lo estés pasando mal, lo único que les preocupa es no complicarse la vida lo más mínimo, tener tiempo durante la noche per charrá to lo que calgui y cada dos por tres ir al jardincillo a fumar un cigarrito. Son mala gente, no les afecta en absoluto el sufrimiento de los demás cuando se supone que están ahí para paliarlo, son capaces de tener a alguien que está bajo su responsabilidad sufriendo toda una noche entera con tal de no complicarse la vida ni un poquito. Yo les pedía que se saliesen de la rutina, que hicieran algo especial, ¡Que me ayudasen, joder! Y se mostraron reacias porque para hacer algo así en este puto hospital por lo visto hay que remover cielo y tierra.
En fin, no sé a quien le consultaron pero el caso es que cuando ya estaba decidido a levantarme como pudiese y como pudiese cambiar el colchón aparecieron por allí y me cambiaron de cama.
Si el antiguo era traslúcido éste era opaco. ¡Dios mío qué duro!! Pero bueno, mejor que el otro. Aún así la noche fue horrible.

-Día 5, martes 1-07. De cómo entraron en escena la Troll Cavernícola y La Asesina del Termómetro.
Ese día vinieron a verme mis padres. Y por la tarde entró en la habitación un troll de las cavernas con una pastilla enorme en la mano asegurando que aquello era mi medicación. Y yo que llevaba cuatro días sin meter nada por mi boquita y que justo podía tragar mi propia saliva le dije: -Me parece que te estás equivocando-. Ella, orgullosa y asquerosa como ella sola me preguntó: -¿Tú jales? Ese exquisito vocabulario, esos perfectos conocimientos de su profesión (qui porte sonda no jale burra), ese cuerpo y ese careto la alzaron rápidamente a la cabeza del ranking de indeseables.
No tardaría otro insigne personaje en atacar directamente y con todas sus armas tan preciado galardón. La mundialmente conocida como La Asesina del Termómetro actuó esa noche. Ésta enciende todas luces cada vez que entra en la habitación rompiendo el sueño del paciente cada dos por tres sin importarle lo más mínimo y si le dices que encienda otra luz más débil se enfada. Las enciende para que te despiertes rápidamente y muestres tu sobaco para que ella no tenga que esforzarse lo más mínimo en ponerte el termómetro, y si no lo abres te lo inca.
-¿Pero qué haces?
-¿Qué?
-¡Que me estás haciendo daño!!
-¡Por un termómetro!!
-¡Pero es que me estás haciendo daño!!
-Bueno pues disculpe.
Pues no te disculpo. Esto sólo lo pensé, tampoco tenía fuerzas ni ganas de jarana.
-Anda, vacía eso –le dije, señalando la escupidera, ya que esa noche me dolía tanto la garganta que no podía ni tragar mi saliva y me tiré toda la noche escupiendo-, y eso –le volví a decir señalando la botella del pipi.
Aún así la noche no fue tan terrible como las anteriores.

-Día 6, miércoles 2-07. De cómo se confirmaron mis sospechas.
El médico me había dicho, que me moviese, que las tripas tenían que empezar a trabajar, que pasease todo lo que pudiese. Pues eso hice todo el día, pasear acompañado del carrito del suero por la habitación todo el día. Pero ni me pedía ni cagaba ni nada y la barriga estaba cada vez más hinchada. El médico le dijo esa tarde a Isa que tendrían que intervenirme otra vez, que posiblemente al extraer el divertículo y volver a coser el intestino se había quedado estrecho y se obstruía un poco.
Isa ese día se derrumbó, no tenía bastante con saberlo que además tenía que ocultármelo a mí. El médico no me lo quiso decir porque me veía muy desanimado, muy flojo, que no era precisamente la alegría de la huerta (palabras textuales). Madre mía, ¿Cómo iba a ser la alegría de la huerta? Casi una semana sin dormir, sin lavarme ni afeitarme, con la sonda, peleándome con las enfermeras por recibir un trato digno, con dolores por todo el cuerpo y curiosamente los más molestos no eran los provocados por la operación sino por el hospital… ¡Como para ponerse a bailar!

-Día 7, jueves 3-07. Segunda intervención.
El médico cuando pasó por la habitación me puso las manos en los hombros y me dijo:
-Juan Carlos, esto no va como tiene que ir, las radiografías confirman lo que sospechaba, los intestinos no se están moviendo lo más mínimo, pero tienes 41 años (mentira), eres un tío fuerte y joven y no debes tener ningún problema para resistir una segunda intervención.
-¿Y cuándo será, hoy?
-Sí, en dos horas, cuando el quirófano quede libre.
-Vale.
No me sorprendí demasiado porque sabía que no iba bien y había que solucionarlo de alguna manera, no sabía qué manera pero supongo que inconscientemente no descartaba la segunda intervención.
Me volverían a paralizar todo el cuerpo otra vez con la anestesia (no debe de ser nada bueno), me volverían a rajar la barriga y a remenar las tripas, volvería a pasar otra vez por el postoperatorio y esta vez además con un regalito extra, me pondrían una sonda en el pito. Se me encoje todo cada vez que pienso en esto y lo vuelvo a pasar realmente mal.
Además cuando me la pusieron me hicieron muchísimo daño. Cambio de tema.
La operación fue como tuvo que ir y la convalecencia mucho mejor, supongo que me pondrían mucha menos anestesia.
Cuando estuve despierto pasó el médico y dijo que de obstrucción en el sitio del divertículo nada, que aquello estaba perfecto. Lo que había pasado es que se habían hecho adherencias en las tripas y aquéllo estaba totalmente bloqueado. Las habían despegado y listo.
Lo del divertículo ya era raro, el médico dijo que era el segundo que había visto en su vida, pero que alguien hiciese adherencias en tres días era algo totalmente nuevo para él.
Vaya por Dios, nos ha salido el chico especial –pensé yo mismo-.
Ese día vinieron Mari y Toni y estuvimos charlando un rato agradablemente. Para pasar la noche mejor me dieron un sedante que me ayudó algo, sólo algo. Suerte que Isa se quejó al médico del escándalo reinante en el puto hospital las 24 horas (sí sí, las 24 horas, parece increíble) y esa noche fueron todos un poco más firmes y se procuró guardar algo de silencio.

-Día 8, viernes 4-07. De cómo sufrí los efectos de la inexperiencia de un troll cavernícola con título de auxiliar de enfermería en mi propio cuerpo y de cómo empezaron a salir por el mismo cosas distintas a improperios hospitalarios.
Mis hermanas vinieron a verme y se quedarían hasta el día siguiente. Me dediqué todo el día a pasear por la habitación dándole vueltas al carrito del suero, lo que me ayudó a ir al lavabo cada poco y a sacar de mi cuerpo algún liquidillo sobrante, poca cosa. Me habían colocado otro tipo de suero, este nuevo más alimenticio, con aspecto lechoso, y dosificado electrónicamente por una bomba alimentada con electricidad, por suerte llevaba batería y me podía desplazar más o menos cuando quería, al menos con la tercera bomba que me pusieron pues las dos anteriores no funcionaban bien (como casi todo).
Por la mañana me quitaron la sonda del pito, qué descanso pero ¡Ah, ooohhh, ishhhhhh!!!! Cambio de tema que se me encoje todo.
Al mediodía me quedé sólo y aproveché para descansar un rato en la cama. Sobrevendría entonces uno de esos episodios que a buen seguro no olvidaré en la vida. Tenían que administrarme un calmante, Nolotil. Estos calmantes se diluyen en suero y se enchufan a la vía para que vayan entrando en el cuerpo poco a poco, gota a gota. Pues la insigne troll de las cavernas, personaje siniestro donde los haya, no lo entendió así. Medio adormilado, empecé a sentir un dolor en el brazo que iba en aumento. Cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo aquel monstruoso ser exclamé: -¡Pero qué me estás haciendo!!!, ¡Joder, pero qué me estás haciendo!!!!
Me estaba metiendo, bueno, me metió el chute de Nolotil directamente por la vía, o sea, directamente en vena, lo que debía entrar en unos quince minutos me lo metió en unos segundos. Tuve sensaciones hasta ahora desconocidas para mí. Me empezó a subir un calor sofocante por el brazo hacia la cabeza hasta que éste salió por mi orejas en forma de aire caliente a presión. Parecía una locomotora de vapor, o el coyote cuando le explota el cartucho de dinamita marca Acme que se acaba de tragar. Sólo me faltaba pitar. Sentí ese mismo calor en el techo de mi cabeza y como supongo que no encontró salida me bajó en cuestión de décimas de segundo hasta los pies atravesando todo el cuerpo. ¡Buffff, qué barbaridad!!!!
El ente subversivo me empezó a meter suero por la vía con buena intención, para diluir aquello, pero claro, fíate.
-¡Y ahora qué haces, por favor que venga alguien, tú vete de aquí!!!
Al momento había en la habitación siete u ocho asistentas de esas, más para no perderse nada del espectáculo que para ayudar. Eso sí, enseguida trajeron paños empapados para bajarme los calores, me midieron la presión y la temperatura y estuvieron por mí. El espectro valleinclaniano intentó ayudar pero le dije que por favor no me tocase, que se fuese de allí. Hizo caso.
Al rato me recuperé y llegó Isa, que fue en busca de la insigne bestia, la enganchó por el pasillo y con un público nutrido le dijo que si se volvía a acercar por mi habitación la pelaría, que la iba a caer una denuncia que pa qué. Calladita ella y las espectadoras hizo caso. No se volvió a acercar. Eso sí, al cabo de unas horas apareció por allí la jefa de los médicos para dar una explicación. Dijo que había sido una reacción alérgica al Nolotil, que hasta hace poco se administraba directo en vena, que hacer las pruebas de la alergia ahora no era factible, que…
Sí sí, eso no te lo crees ni tú.
En fin, asunto concluido, el caso es que me dejó hecho polvo y me retrasó la recuperación, pero uno está dispuesto a perdonarlo todo.
Esa noche fue bastante jodida por culpa de la jodida sonda.

-Día 9, sábado 5-07. Alien El Octavo Pasajero.
¡Fuera sonda !!!!!!!! ¡Ueeeeeehhhhhh!!!! Joder qué alivio, amigo blog, no te lo puedes ni imaginar. Podía tragar sin hacerme daño, podía girar el cuello sin sentir náuseas, podía desplazarme sin tener que cargar la bolsita del liquiducho ese verde enchufada a mi nariz, podía sonarme los mocos a gusto. Fffffffff, qué gustazo.
Pasé el día como el anterior, caminando mucho y yendo al lavabo. Pero la barriga seguía hinchada, no me tiraba pedos y sentía que se me repetía algo. Señales que no tranquilizaban a nadie.
Lo del repetir tuvo su fruto, y vaya fruto. Me tumbé en la cama e ipso facto empecé a pedir ayuda para levantarme que madrecitademivida-no-sé-no-sé-qué-va-a-pasar-aquí. Pegué la vomitada más grande de mi vida. Litros y litros de líquido verdinegro que salían de mi boca con la fuerza de un maremoto, la virgen la que se lió, la cama, el suelo, la ropa, la Isa, el carrito del suero, algo en la escupidera… ¡Qué asco!!!! Tampoco era buena señal pero al menos me quedé muy a gusto y pude dormir algo esa noche.
Ese día Susi trajo a Ami, tenía muchas ganas de verla (a Ami), pero prefería esperar a estar un poco más presentable, aunque al final vio el espectáculo alienígena en primera fila. Trajo un dibujo muy bonito, meidinAmi, inconfundible, ahora lo tengo colgado encima de las pantallas.

-Día 10, domingo 6-07. Un día más para todos menos para Rafael Nadal.
La doctora me tranquilizó diciéndome que aquello era normal, eso sí, me dio un margen de dos vomitadas más para ponerme otra vez la sonda (¡gracias, muchas gracias!!!). El balón de nivea se deshinchó un pelín y seguí el ritmo de paseos y visitillas al lavabo.
¡Nadal ganó Wimbledon en un partido épico!!!

-Día 11, lunes 7-07. De cómo empecé a sentir síntomas de recuperación por vez primera lo que tranquilizó ánimos y diluyó miedos.
La primera cagada en condiciones después de no-se-cuántos días y la barriga siguiendo su progresión. También me comunicaron que el divertículo era benigno.
Me visitaron Joan y Rosita (que trajo zumos) y fue la primera noche que dormí sólo. Esa noche oriné la friolera de cerca de tres litros (lo juro).

-Día 12, martes 8-07. De cómo salí del nido y pude confirmar mis fundadas sospechas de que el mundo exterior existía.
Día benigno, sí señor. La barriga ya era barriga y no balón, di mis primeros tragos de agua, me quité los calmantes… y salí de la habitación. El pasillo del hospital era laaaaaaaargo. Pasé el día entre paseos, lectura y sudokus.

-Día 13, miércoles 9-07. De cómo vi el cielo.
Paseos…, lectura…, y el primer caldo. Tras la primera cucharada cerré los ojos, sentí como algo calentito recorría mi cuerpo por dentro, ¡qué agradable!, un coro de ángeles entonó una bella melodía, el mundo se volvió de color de rosa y se me saltaron unas lagrimazas como puños. El caldo no es que fuese gran cosa, la verdad es que era terriblemente insípido, pero ¡qué más da! La sensación fue alucinante, inolvidable.
Por la noche repetí caldo y de premio un zumito que me costó un poco digerir. El médico había recomendado una dieta líquida, aumentado muy poco a poco por si acaso, para no tener complicaciones.

-Días 14, 15 y 16. De cómo empecé a ver la luz al final del túnel y por fin empecé a aburrirme.
Los últimos días los pasé mejorando poco a poco, entre muchos paseos, buena lectura (acabé La Sombra del viento), un tímido ataque de la asesina del termómetro, crucigramas y dameros, visitas, los primeros menús. Sobre los menús podría hablar durante horas, pero ya he criticado bastante, lo que recuerdo con más gusto, a parte del primer caldito, es el bollycao que me trinqué el día 16, ¡qué delicia!.
Ese mismo día, el 16 (sábado), no sé si fue porque le di un pequeño tirón a la vía principal cuando me levanté o porque ya tocaba, se me soltó. La razón poco importa, el caso es que como ya comía el menú completo no valía la pena volverla a colocar (quéééé peeeeenaaaaaa) y por fin pude deshacerme de mi inseparable compañera, la maldita bomba que tanto me impedía.
De golpe podía girar sobre mí mismo, no necesitaba enchufarme a la red eléctrica cada poco, dejé de oír los pitidos que daba mi inseparable por sus múltiples fallos, no necesitaba inclinar el aparato para pasar por la puerta que daba al jardincillo de los cigarritos (ojo, no nos confundamos, que estuve todos esos días sin fumar), ¡Podía Dormir De Ladoooo!!!! Vamos, que empecé a sentirme libre. Y más o menos ya me encontraba bien en comparación con lo que había pasado. Cuando a uno le duele algo el tiempo pasa entre penurias, pero cuando ya estás mejor te das cuenta realmente de lo que es la vida en un hospital, las horas se hacen largas, no sabes con qué llenar el tiempo, esperas que llegue la hora de las comidas con ansiedad para después decepcionarte cada vez con el inefable menú…

-Día 17, domigo 13-07. Despedida.
Por suerte el médico estaba de guardia el fin de semana y pasó visita, me dio el alta, me despedí de quien lo merecía y me fui.
Volví a sentir el sol en mi piel, a pasear por la calle… lo que hace la gente normal.

Diecisiete días, si contamos el primero y el último, de aventurilla. Y no fueron más porque se cayó la vía, querían dejérmela puesta por lo menos hasta el lunes, con lo que hubiese salido no antes del martes. Podría pasar balance de lo acontecido pero creo que con lo escrito no hace falta. Eso sí, me gustaría, como punto final, hacer un homenaje a los personajes que han representado esta comedia, tanto en papeles protagonistas como secundarios.
Querría dar las gracias a mucha gente, sobretodo a Isa, eso está clarísimo, pero también a toda la gente que me ha visitado, porque las visitas ayudan muchísimo, los que me han llamado para preguntar, los que han preguntado aunque no hayan llamado, todos los que de alguna manera se han preocupado. Tengo que dar las gracias especialmente a Joan, que se portó como la gran persona que es. El día de la segunda intervención vino para hacer compañía a Isa para que no tuviese que pasar sola el mal trago de estar esperando a ver si todo iba bien. Y a Xés, que me sorprendió muy gratamente, no lo he nombrado hasta ahora porque tendría que haberlo nombrado muchas veces, casi cada día venía un ratito para ver cómo estaba, para levantar los ánimos con su gracia particular o simplemente para hacer compañía. Gracias tío. A mi médico, José Miguel, que llevó todo el proceso con gran profesionalidad y naturalidad, un tío sanote y sin humos. A la otra médico que no recuerdo cómo se llama. Al anestesista, ya afeitado, que vino a verme a la habitación (a verme, no a visitarme). Era genial pasear por el pasillo y recibir sonrisas de la gente con la que me cruzaba, gente que no había visto en mi vida, contentos de ver que mi cara ya reflejaba una clara mejoría. Supongo que esos días fui el centro del chafarderío de pasillos y estancias.
A enfermeras como Cristina, Vanessa, Susana, Sandra, Fsara (fsospecho que los fprimeros días fllevaba un pírfsin en la lengua), que me trataron con gran profesionalidad y cuidado. A algunas auxiliares, las que tenían la mínima sensibilidad, es decir, las que eran conscientes de que trataban con gente y no con ladrillos o sacos de cemento. A los mozos, tanto enfermeros como auxiliares, todos genial, se nota que están ahí por vocación. Gracias a todos.
Y también querría dar un repaso a el resto de personajes, para no olvidarlos, porque algunos son realmente entrañables.
Jacinto, mi compañero de habitación por unos días, de 80 añazos, vendedor de profesión, capaz de hablar sin parar durante horas. Cuando me enganchaba con uno de sus monólogos le cortaba diciendo: -Jacinto, tengo que ir al lavabo-, o –Jacinto, tengo que pasear-. –Sí sí sí- contestaba él. Entre lo sordo que estaba y lo poco que escuchaba se hacía realmente insoportable. Debería decir aquí que sin él saberlo las enfermeras se preocuparon más por él porque yo metí caña y algún día pudo merendar por lo mismo. Le tenían completamente abandonado, tanto los del hospital como los de fuera.
El otro compañero de habitación, no muy dado tampoco al arte de escuchar. Le dije que por la noche roncaba mucho para que no le pillase por sorpresa y me contestó que él también, que esa noche haríamos un concierto. Se quedó por la tarde un ratito dormido y le oí roncar, un ronquidito suave, como el canto de un ruiseñor. –Ya verás tú esta noche cuando me duerma, vas a flipar, vas a saber lo que es roncar con un par de cojones, el concierto será de mil trombones y un flautín- pensé.
La troll cavernícola, más parecida a un celecanto con reúma que a un ser humano, la asesina del termómetro, cuya cara de caballo hacía que uno esperase que en cualquier momento su boca expeliese furiosos relinchos, otras auxiliaruchas cuidadoras de sacos de cemento.
Aquel pobre hombre del pasillo de la derecha que cada momento se quejaba sonoramente, -¡Aaaaaaaaaaaay!!!
María, que se había roto el fémur, cuyo discurso inconexo había que cortar por lo sano sino te enganchaba para toda la tarde. Y su marido, que al minuto de hablar con él aprovechó no sé cómo para sacar el tema de su coche, un Seat 131 de 32 años apodado La Joya de la Corona.
La joven sudamericana, que estaba operada no sé de qué y por la noche se iba con su carrito del suero a fumar a jardincillo mientras el maromo dormía plácidamente en la cama, roncando como un hipopótamo y molestando al compañero de habitación, escandalizadísimo él y su familia. Por lo visto se metían los dos juntos en la cama.
El médico guapo, que se llamaba Alonso, era muy majete pero creo que estaba empeñado en diagnosticar cáncer de colon a alguien, mientras estuve allí no tuvo éxito, ni Jacinto ni el padre de Loli, mi vecina de escalera, lo tenían.
Mi inseparable compañera bomba, que más que un ser inanimado parecía tener consciencia propia.
Y cómo no, las omnipresentes hormigas, sí sí, hormigas. A cientos, a millares, estaban por todas partes, cada vez que se me caía una gota de zumo o de suero de ese lechoso al suelo sólo tenía que esperar unos minutos y allí estaban, ejércitos enteros de hormiguitas dispuestas a no dejar nada de materia orgánica sin dueño. Lo digo en serio, estoy hablando de un hospital que está lleno de hormigas (¿?).

Bueno, pues ya está, aquí queda todo contado y explicado, para que quede en la memoria y para que quien quiera que lo lea al menos pase un ratillo agradable, y si este escritorucho incipiente puede arrancar alguna sonrisa mejor que mejor.
Desde el Mundo Exterior se despide Juanki, el paseante de la bomba.

88 Minutos - Jon Avnet (2007)


Bueno, psé, está bien, más o menos, bueno, regularcilla.
El argumento es interesante, se trata de encontrar el culpable entre muchos sospechosos y eso te mantiene despierto. Pero por el título se intuye que todo va a ir muy rápido y Al Pacino ya no está para esos trotes. Encasillado ya definitivamente en el papel de tipo maduro atormentado, mujeriego y medio alcohólico, no se le ven muchas ganas de trabajar. Tiene 88 minutos para lo que sea, no lo voy a decir aquí sino la peli perdería gracia, y el tipo va andandillo tranquilamente de un lado a otro. Me imagino la conversación con el director:
-Al, aquí tienes que correr.
-Si quieres que corra tienes que pagarme el doble.
-Pero dijimos que…
-A callar, va a correr tu tía.
Viendo a Al Pacino en esta peli no se ve más que a Al Pacino, el actor, en ningún momento ves un personaje, no convence en absoluto. Uno se frota las manos cuando va a ver una peli de un actorazo así, inevitable recordar el papelazo de “Esencia de mujer” o de “Pactar con el Diablo”, pero la verdad es que decepciona bastante, le deja a uno un poco de cara de bobo al darse cuenta de que estás viendo una peli más, una de tantas, nada especial. Parece que el cine hoy en día va así.
Además le han cambiado ese vozarrón que le ponían antes, y eso se nota muchísimo.

Ficha.

16 jul. 2008

En el punto de mira – Pete Travis (2008)


Esto es una peli guapa guapa. Buenos efectos, buen reparto, una trama curiosa y original. El título podría estar en plural, quedaría mejor En los puntos de mira. Cumple la función principal de una peli, que es entretener. Dennis Quaid representa a un jefe de guardaespaldas inseguro, esto está bien, estamos hartos de ver hombres-máquinas perfectos y poco humanos. Forest Whitaker, siempre estupendo, hace el papel del que pasaba por allí y acaba siendo un personaje fundamental. También hay que mencionar a Eduardo Noriega, en un trabajo más que aceptable.
La definición de peli guapa guapa seguro que será entendida rápidamente por según qué lectores (si es que alguien lee esto). Quiere decir más o menos que es una peli visual, con momentos trepidantes, sin exigencia de ningún tipo al reparto, ni al argumento, y ni mucho menos a la dirección, que de tanto en tanto te saca exclamaciones como -¡Anda ya, animal!- o, -¡Sí hombre sí, eso no te lo crees ni tú!- o simplemente -¡Ala neng, qué pasada! o -¡No veas qué fuerte!.
Pero la verdad es que la trama te hace lanzar sospechosos al aire con cada nuevo punto de mira y te mantiene interesado deseoso de conocer el desenlace.
Atención especial a la persecución de coches y sobretodo, justo al final de la película, al tren rojo. Dice Isa, que es de Salamanca, que ese tren no existe, pero aunque fuese así hágase el ejercicio de detener la imagen y observarlo atentamente, es para partirse el culo de risa durante horas.
Y como reproche (lo del tren no es un reproche, es un detalle de exquisito humor) decirles a los gringos que Salamanca no es México, aquí no se habla así, el alcalde no es cubano, es español, los coches protagonistas sí que encajan en el entorno, pero muchas veces aparecen vehículos de marcas que en Salamanca no se han visto ni en pintura. Un poco de seriedad, por favor, que esta peli también la vemos aquí.
Ficha.

15 jul. 2008

Retratos del más allá - Masayuki Ochiai (2008)


Una más de terror japonés, con todos los tópicos, si las demás no existiesen estaría bien. Tiene algún intento de sorpresa y de susto, pero siempre se queda en intento. Todo es mediocre, incluido el reparto. Absolutamente predecible y nada recomendable, tampoco es para decir que verla es una pérdida de tiempo pero casi.
Ficha.

14 jul. 2008

Lápices


Adoro los lápices, ahora mismo escribo con uno de gran calidad, de marca Inoxcrom. Ignoraba por completo que existiesen lápices de esa marca.
Está vestido con la tela de un camisa de franela verde que tuve hace tiempo, cuando se pusieron de moda. Por aquel entonces los garitos rebosaban de leñadores azarcillados con las mangas de sus camisas redobladas hasta justo por encima del codo y los pocos árboles de su alrededor destilando ese mejunje gaseoso que flotaba por el barrio con toda tranquilidad, pues en lugar de hachas y motosierras sus enclenques brazos sólo blandían jarras de cerveza y canutos.
Mi lápiz, además, luce una pequeña, que no discreta, banda roja con una inscripción que dice “Divinas palabras”, en letra punteada de impresora antigua, que bien podría tomarse como corbata. Un poco más arriba aparece el logotipo de la marca y a la espalda la palabra “Grunge” en mayúsculas negras y grandes. Lo corona una orgullosa chistera blanca capaz de eliminar cualquier error salido de una mina que quedaría más o menos entre el 2 y el 3 de los Staedler y que está rodeada de buena madera pelín oscura y con elegante beta.
Adoro los lápices, y escribir con ellos, pero lo que más me gusta… es afilarlos. Gran placer es girar un lápiz ya hundido en el sacapuntas, observar la viruta salir ordenada y disciplinadamente, examinar con vista técnico-artística la nueva punta para decidir dar un cuarto de vuelta más en el sacapuntas, el soplido final, haga falta o no y finalmente deleitarse con el resutado final, mina perfecta, contorno mina-madera ondulado, madera limpia y nueva beta, corte de camisa irregularmente elegante…
Parece una tontería, pero un lápiz, para mí, es un objeto especial, odio los que quebran su mina sólo con ver un afilador cerca, los que no son capaces por la mala calidad de su madera de aguantar una afilada, esos que sacan una viruta hecha trizas.
Recuerdo que una vez vi un corto en el que el protagonista era un lápiz, sí sí, un lápiz. Él, recién salido de la fábrica, deseaba ser comprado por un escritor, que escribiese la historia más bella con las más bellas palabras, o por un científico, que desarrollase con su ayuda la teoría física más importante, quería hacer cosas grandiosas ya que estaba lleno de juventud y energía, pletórico. Pero resultó ser comprado por una abuelita que lo único que hizo con él fue enclaustrarlo en un cubilete, sólo, al lado de un teléfono, y lo único que escribió con él fue una pequeña nota con un número de teléfono.
Siete números, eso fue todo. Después de aquello pasó el tiempo, y más tiempo, y más tiempo, y nadie lo tocaba, nadie le hacía ni caso, el deseaba escribir, ya no necesitaba hacer cosas importantísimas, se conformaba con la simple tarea de escribir unos cuantos números de teléfono más… pero no. Y pasó más tiempo, más tiempo, más tiempo, tanto, que decidió borrar todas sus ilusiones y resignarse a su paupérrima existencia.
Pero un día, observó que la abuelita se acercaba con dificultad a él y al teléfono, -Dios mío, ¿qué le pasa?- pensó, le había cogido cariño después de tanto tiempo, ella agarró como pudo la nota con aquel número de teléfono, lo único que había escrito nuestro amigo lápiz, lo marcó, y al cabo de un rato se presentaron allí unos señores y se la llevaron.
A los pocos días la abuelita volvió a casa con la salud renovada. Resultó ser un ataque al corazón, el teléfono apuntado era el número de urgencias…
Es inimaginable saber cómo se sintió entonces nuestro amigo lápiz, ¡Le había salvado la vida a la abuelita!, ¿Para qué quería él ser herramienta de grandes obras artísticas o técnicas?, ¿Qué mejor obra hay que salvarle la vida a alguien a quien quieres?. A partir de entonces su existencia fue muy diferente, no escribió gran cosa, alguna lista de la compra, algún otro teléfono, poca cosa, pero su sentir cambió, su vida se llenó de orgullo, satisfacción y serenidad, y él no, claro, pero la abuelita se hartó de comer perdices.


La Sombra del Viento - Carlos Ruiz Zafón (2006)

“Las palabras con que se envenena el corazón de un hijo, por mezquindad o por ignorancia, se quedan enquistadas en la memoria y tarde o temprano le queman el alma”.
Esto es sólo una pequeña muestra de cómo escribe Carlos Ruiz Zafón. Absolutamente delicioso. Poco imporaría si la trama de la novela no fuese interesante. El placer que da leer línea tras línea, palabra tras palabra a este autor sería suficiente. Pero el caso es que no es así. La historia es apasionante, de las que te hacen sentir y vivir todo lo que pasa. Desde el momento en que Daniel entra en “El Cementerio de los Libros Olvidados” se puede considerar uno atrapado e hipnotizado hasta el final. La trama se divide y subdivide en otras historias que empiezan y no acaban generándose un lío que fuerza a cabilar todo el rato. El autor discreta y estratégicamente se ocupa de ayudar a sintetizar lo leído para no perderse.
Carlos Ruiz Zafón es capaz de crear ambientes diferentes en cada página que te hacen vivir sensaciones de todo tipo y lleva el extremo todas las razones que existen para disfrutar de un buen libro. Es nuestro genio contemporáneo.
Ahí va otro párrafo:
“Bea dice que el arte de leer se está muriendo muy lentamente, que es un ritual íntimo. Que un libro es un espejo y que sólo podemos encontrar en él lo que ya llevamos dentro, que al leer ponemos la mente y el alma, y que esos son bienes cada día más escasos”.
Un diez para Carlos Ruiz Zafón.