31 jul. 2008

El acueducto. Capítulo II.

(Para ver el capítulo I pinchar aquí).

Juan Luis Peñalba tenía una gran aprecio por su tío Miguel. Juntos hablaban de todos los temas imaginables y de vez en cuando salía el tema de Blas y sus historias. El tío Miguel tenía una mirada profunda, llena de sabiduría, que inspiraba confianza y complicidad, pero quizás la característica externa más vistosa era su bastón, de acacia, fuerte como el acero y ligero como un suspiro, que usaba como si fuese una quinta extremidad.
-¿Te acuerdas del día que nos contó la historia sobre aquella avioneta que pasó por debajo de la Torre Eiffel?
-Sí, tío Miguel, dijo que él era el copiloto.
-Se había apostado con el general de no sé qué brigada que si lo conseguía éste le dejaría una noche a su hija para sus gustos y placeres y si no, le cortaría los cojones.
-El general de brigada, después de conseguirlo, le quería cortar los cojones igualmente porque por lo visto el responsable ese día del aire era él, y le cayó la del pulpo, o algo así.
-Se conoce que fue al aeródromo de por allí, donde conocía un amiquete, desertor del ejército del aire, que tenía una avioneta.
-A mí me dijo que le apuntó con una pistola.
-Así son dos versiones diferentes.
Rieron los dos sonoramente, mientras degustaban el delicioso café que hacía tío Miguel.
-Gran tipo Blas.
-Sí, gran tipo.
-Una vez me salvó de una buena, Juanlu.
-¿Cuándo fue eso?
-Lo del gitanillo.
-Ah!, lo recuerdo vagamente.
-Tenía yo montado el puesto de café en el mercadillo y el gitanillo aquel me quiso robar un molinillo. Le enganché y no se me ocurrió otra cosa que endiñarle un coscorrón. A los dos minutos tenía allí a tres gitanazos dispuestos a abrirme en canal.
-¿Y qué pasó?
-Pues que en el momento en que los gritos iban a pasar a un segundo plano apareció Blas, que había sido avisado por no recuerdo quién, y gritó todo lo fuerte que pudo: -¡Heredias, compañeros! Y se puso a vociferar en caló con ellos, que le reconocieron al instante. Resulta que un día, en la feria del Rocío, Blas entabló amistad con ellos, no le fue difícil pues les contó que una vez le había abierto la cabeza a uno de los Cobos, clan rival de los Heredia, sólo por mirarle mal.
-¡Qué fuerte, vaya trola!, pero ¿Blas habla caló?
-Eso fue lo que más me sorprendió, en realidad, nadie conoce su origen, y ni siquiera conozco a nadie que pueda asegurar que el suyo sea su nombre real.
-A saber cuál de sus orígenes contados es el verdadero, si lo es alguno.
-Pues faena tuvo, porque los Cobos lo estuvieron buscando un tiempo para arrancarle la piel.
-Pero…
-No no, sólo por la trola, si lo de la cabeza abierta fuese verdad lo hubiesen encontrado seguro. El saberlos esquivar le hizo ganar aún más prestigio entre los Heredia.
-Así lo del molinillo se arregló rápido.
-Y tan rápido, como que cerré el puesto y nos fuimos al bar a celebrar tan feliz encuentro.
-Lo que son las cosas…
-Y eso fue gracias a Blas, estimado sobrino.
-Es que es una gran tipo.
-Lo es.
-Yo también tengo una historia semejante, tío.
-Cuenta cuenta.
-No hace mucho, allá por el mes de abril. Como sabes he estado estudiando filología castellana.
-Sí, señor licenciado.
-Pues el profesor de Literatura, Don Julián Casas, más conocido como el Neandertal, por la monstruosa forma de su cráneo, tiene una concepción diferente al resto de los mortales de la dicción castellana.
-Aclárese vuesa merced, se lo suplico –dijo el tío Miguel, poniendo cara de estar hablando con un ministro-.
-Cuando se encuentra una ce seguida de consonante la pronuncia como una zeta.
-¿Y bien?
-Pues que para palabras como por ejemplo “pacto”, él dice “pazto”, pero si la ce va seguida de otra ce, como en “acción” la dice bien. No hay ninguna regla en nuestro idioma que explique eso.
-Déjame adivinar, y tú con lo dao por culo que eres no haces más que corregirle…
-Efectivamente.
-Y el tipo coge unos berrinches que ni te cuento.
-Efectivamente. Cada vez que dice “azta” o “peztoral” se me eriza todo el vello del cuerpo, y no puedo remediar levantar la mano y protestar, pero el menda está convencido de que lo dice bien y claro, nos enzarzamos en intensas discusiones que a veces nos ocupan gran parte de la clase. Le he presentado tratados de ortografía de todas clases pero no los quiere ni mirar, no consiente que un alumno le corrija.
-Maldita soberbia.
-Ni más ni menos, y como el tío no cede, aunque no tenga razón, no pierdo la oportunidad de discutirle el significado o el mensaje de una poesía, la intención del autor en un ensayo o el contexto histórico de tal obra.
-Abono más que suficiente para que te coja una manía que pa qué…
-Aquí es donde voy. A partir de enero las notas de mis exámenes empezaron a bajar en picado, sobretodo en ejercicios en los que se pedía el punto de vista personal o en los que no había una respuesta correcta clara, en los que la valoración del profesor podía depender de inciertos aspectos.
-Permíteme decirte, sobrino, que te lo buscaste.
-¿Te vas a poner de su lado?
-¡Por supuesto que no! Pero con personajes así no se puede hacer nada, tu profesor se morirá sin reconocer su error, y por lo que puedo intuir, ni ese ni cualquier otro, lo que es un tremendo freno para la evolución de la persona. Es imposible que uno tenga siempre razón, imposible, en nuestras ideas siempre hay que dejar un margen de duda, aunque sea pequeño, si no corremos el riesgo de equivocarnos gravemente en aspectos importantísimos de la vida. Esto no quiere decir que no estemos seguros de nada, seguridad hay que tener, pero si alguien expone otra opinión diferente sobre algo que tenemos ya establecido por completo lo mínimo que se puede hacer es escuchar, y aunque en ese momento le digamos al interlocutor que está loco, que no sabes como puede pensar así, después hay que hacer el esfuerzo de reflexionar, es entonces, estando sólo, cuando el conocimiento aparece vete a saber de dónde y las ideas se hacen más claras. Rectificar dicen que es de sabios.
-(…)
-Te abruma un poco.
-Un poco.
-Ir de listillo no sirve de nada, lo único que consigues es poder vacilar con los colegas, reírte a costa de alguien, satisfacer tu orgullo personal, o dicho de otra manera, alimentar tu ego, cosas que a una persona íntegra no le sirven de nada. Y a parte de eso lo único que puedes ganar es un suspenso como una catedral, que siendo licenciado como eres creo que no es el caso.
-Sí, que hemos desviado el tema…
-Necesariamente.
-Síííí, vaaaale, el caso es que se lo conté a Blas.
-Buf, con el aprecio que te tiene rezo por el Neandertal.
-Tus oraciones son ya inútiles.
-Parece un epitafio.
-No es para tanto. El caso es que el día después de contárselo apareció el profe con una hermosa bufanda, vale que aún no hacía calor, pero tampoco frío como para abrigarse así.
-Algo ocultaría, me temo.
-Dicen que llevaba unos moratones en el cuello de hermosísimos colores, el extremo azul del espectro electromagnético al completo.
-Te podrías haber buscado la ruina.
-Ya lo pensé, pero salió bien, pues a partir de ese día me trató con mucho más respeto, lo que le quitó la gracia a nuestras discusiones.
-Qué jodío que eres, chaval.
-¿Yooooo?
-¡Sí, tú, huevón! –soltó el tío Miguel justo antes de empezar e reír como un poseso, a lo que Juan Luis le acompañó sin dudarlo-.
-Hablé con Gavilán, pero nunca reconoció haber intervenido.
-Fantasma con la mentira y humilde con la verdad.
-Es un gran tipo.
-Lo es
Juan Luis se quedó mirando al aire, sabía de sobras lo que iba a decir su tío en ese momento.
-Dime que reflexionarás sobre lo de…
-Sí, haré el esfuerzo.
-Hazte ese favor.
-Lo haré tío Miguel, sabes que siempre te hago caso.
-Casi siempre hijo, casi siempre.
Se sonrieron, se dieron un abrazo y se despidieron, cada uno tenía cosas que hacer, cosas sobre las que reflexionar.

(Para ver el capítulo III pinchar aquí).

Nota. El personaje de tío Miguel está inspirado en el señor de la foto, que se llama Miguel, y es tío de Isa.

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