14 jul. 2008

Lápices


Adoro los lápices, ahora mismo escribo con uno de gran calidad, de marca Inoxcrom. Ignoraba por completo que existiesen lápices de esa marca.
Está vestido con la tela de un camisa de franela verde que tuve hace tiempo, cuando se pusieron de moda. Por aquel entonces los garitos rebosaban de leñadores azarcillados con las mangas de sus camisas redobladas hasta justo por encima del codo y los pocos árboles de su alrededor destilando ese mejunje gaseoso que flotaba por el barrio con toda tranquilidad, pues en lugar de hachas y motosierras sus enclenques brazos sólo blandían jarras de cerveza y canutos.
Mi lápiz, además, luce una pequeña, que no discreta, banda roja con una inscripción que dice “Divinas palabras”, en letra punteada de impresora antigua, que bien podría tomarse como corbata. Un poco más arriba aparece el logotipo de la marca y a la espalda la palabra “Grunge” en mayúsculas negras y grandes. Lo corona una orgullosa chistera blanca capaz de eliminar cualquier error salido de una mina que quedaría más o menos entre el 2 y el 3 de los Staedler y que está rodeada de buena madera pelín oscura y con elegante beta.
Adoro los lápices, y escribir con ellos, pero lo que más me gusta… es afilarlos. Gran placer es girar un lápiz ya hundido en el sacapuntas, observar la viruta salir ordenada y disciplinadamente, examinar con vista técnico-artística la nueva punta para decidir dar un cuarto de vuelta más en el sacapuntas, el soplido final, haga falta o no y finalmente deleitarse con el resutado final, mina perfecta, contorno mina-madera ondulado, madera limpia y nueva beta, corte de camisa irregularmente elegante…
Parece una tontería, pero un lápiz, para mí, es un objeto especial, odio los que quebran su mina sólo con ver un afilador cerca, los que no son capaces por la mala calidad de su madera de aguantar una afilada, esos que sacan una viruta hecha trizas.
Recuerdo que una vez vi un corto en el que el protagonista era un lápiz, sí sí, un lápiz. Él, recién salido de la fábrica, deseaba ser comprado por un escritor, que escribiese la historia más bella con las más bellas palabras, o por un científico, que desarrollase con su ayuda la teoría física más importante, quería hacer cosas grandiosas ya que estaba lleno de juventud y energía, pletórico. Pero resultó ser comprado por una abuelita que lo único que hizo con él fue enclaustrarlo en un cubilete, sólo, al lado de un teléfono, y lo único que escribió con él fue una pequeña nota con un número de teléfono.
Siete números, eso fue todo. Después de aquello pasó el tiempo, y más tiempo, y más tiempo, y nadie lo tocaba, nadie le hacía ni caso, el deseaba escribir, ya no necesitaba hacer cosas importantísimas, se conformaba con la simple tarea de escribir unos cuantos números de teléfono más… pero no. Y pasó más tiempo, más tiempo, más tiempo, tanto, que decidió borrar todas sus ilusiones y resignarse a su paupérrima existencia.
Pero un día, observó que la abuelita se acercaba con dificultad a él y al teléfono, -Dios mío, ¿qué le pasa?- pensó, le había cogido cariño después de tanto tiempo, ella agarró como pudo la nota con aquel número de teléfono, lo único que había escrito nuestro amigo lápiz, lo marcó, y al cabo de un rato se presentaron allí unos señores y se la llevaron.
A los pocos días la abuelita volvió a casa con la salud renovada. Resultó ser un ataque al corazón, el teléfono apuntado era el número de urgencias…
Es inimaginable saber cómo se sintió entonces nuestro amigo lápiz, ¡Le había salvado la vida a la abuelita!, ¿Para qué quería él ser herramienta de grandes obras artísticas o técnicas?, ¿Qué mejor obra hay que salvarle la vida a alguien a quien quieres?. A partir de entonces su existencia fue muy diferente, no escribió gran cosa, alguna lista de la compra, algún otro teléfono, poca cosa, pero su sentir cambió, su vida se llenó de orgullo, satisfacción y serenidad, y él no, claro, pero la abuelita se hartó de comer perdices.


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