15 ago. 2010

“616. Todo es Infierno” – David Zurdo y Ángel Gutiérrez (2007)


(Esta entrada está basada en una historia real).

Todo era muy extraño, como en un sueño. Yo caminaba por un pasillo. Debería ser un museo o algo semejante, porque había cuadros en las paredes. Estaba todo muy oscuro, incluso los cuadros. Llegué donde estaba La Gioconda. Me miraba, como aquel día en el Louvre. No me quitaba la vista de encima. Pero el cuadro era diferente, parecía que tuviese vida propia. Me acerqué a él, y de pronto su rostro se empezó a desfigurar de una forma horrible. De lo más profundo surgieron unos ojos rojos, amenazadores, llenos de un odio imposible de imaginar. Aquello no tenía nada que ver con nada conocido. Eran los ojos del Maligno. Aquellos espantosos ojos se acercaban a mí, yo reculaba pero no podía impedir que cada vez estuviesen más cerca. El Mal en persona había venido desde el mismo Infierno y me iba a atrapar sin remedio. Intenté gritar, aunque sólo fuese por la necesidad de manifestar mi terror, pero únicamente pude articular unos pequeños gritos ahogados, que sólo sirvieron para...

...despertarme de golpe. Estaba sudando a mares. Me tapé porque estaba helado. Me entró un calor espantoso y me destapé. De nuevo sentí frío, me volví a tapar. Y me volví a destapar. Me encontraba en aquel extraño estado que se encuentra entre el sueño y la vigilia, en el que el sueño no es sueño, pero la imaginación continúa evocando imágenes sin control, como cuando cierras los ojos después de haber mirado al sol directamente y siguen apareciendo círculos de luz. Pero de alguna manera puedes dominar esas imágenes y hacer que vayan por donde tú mandas. El Maligno continuaba acercádose a mí, pero conseguí reunir un punto de conciencia y me enfrenté a él. Me convertí en una bestia tan o más espantosa que la que me amenazaba. Proferí un grito contra él que era portador de toda mi energía, como un oso cuando se bate en duelo contra un igual. El Maligno huyó despavorido. Me sentí mucho mejor. Pero claro, no podía dormir.

Con la intención de reiniciar la mente me levanté para ir al lavabo y beber agua, tenía la boca seca como un desierto. El lavabo estaba oscuro. Muy oscuro. Encendí la luz y sentí un absurdo alivio. Después me dirigí a la cocina.

¡Joder qué oscura está la cocina!
¡Bueno y qué! ¡¿Qué va a haber en la cocina?!
¡¿Cómo que qué va a haber?! ¡Pues un lobo o algo!
¡¿Pero cómo cojones va a haber un lobo o algo?! ¡Será mejor que me deje de tonterías y me acueste ya de una vez, que mañana hay que currar!

Entré en la cocina y abrí la puerta de la nevera con rapidez para que iluminase un poco la estancia. Efectivamente, no había ni un lobo ni algo. Me costó un buen rato volver a conciliar el sueño.

Querido amigo/a, suelo recomendar los libros que leo, pero si tiendes a sufrir pesadillas será mejor que no leas éste. Deja a “El Exorcista” a la altura de un capítulo de Hanna Montana. Aunque el final decepciona un poco, se explaya en elucubraciones filosóficas sobre la Verdad cuando uno espera un desenlace expectacular. Está claro que estamos demasiado acostumbrados al cine de Hollywood. Pero si osas leerlo sólo por el gustazo de sentir escalofríos, hazlo con mucha atención, con mimo, sin ruidos y con muy poca luz, la mínima para ver lo que lees, porque de verdad lo merece. Genial.

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