9 sept 2008

Ahora o nunca - Rob Reiner (2007)

Ayer vi una película. Parece que sea un hecho trivial, la diferencia es que últimamente he visto pelis. Ayer vi una película de verdad. “Ahora o nunca” es un peliculón. Es un duelo interpretativo entre dos monstruos, Jack Nicholson y Morgan Freeman. Impecables los dos. Actuaciones que te llegan al alma. Estos sí que son actores de verdad, perfectos en todos los trabajos que hacen, siempre al más alto nivel. La película exige ese alto nivel y ellos responden a la perfección. Por supuesto nadie duda de su calidad, pero tampoco nadie dudaría por la de por ejemplo Al Pacino. Pues yo sí. Desde mi humilde opinión dudo de Al Pacino y de todo aquél que no se entregue en cuerpo y alma a ese trabajo tan especial que realizan, que lo exige. Ser actor no es cualquier cosa, tienen que convencer, que hacer sentir, y otras muchas cosas, y estos dos tipos lo hacen.

La historia es preciosa y emotiva, hace reír y llorar, te hace mezclar las lágrimas de alegría con las de tristeza, te indigna y te regocija, te hace pensar, en definitiva, te hace sentir, y si te descuidas acabas con un nudo en la garganta.

Pero ¡ojo!, es un drama, pero no un dramón, la idea básica de la película es el disfrutar la vida hasta el último momento, y ellos lo hacen, y con ellos el que la ve.

Un diez enorme por Jack Nicholson y Morgan Freeman, y otro por la película. Recomendable al cien por cien.

7 sept 2008

El acueducto. Capítulo VII.

(Para ver el capítulo I pinchar aquí).

A unos cien metros de allí había una pequeña plazoleta capitaneada por una bonita y antigua fuente seca desde la que se divisaba perfectamente el portal y la ventana del comedor del piso del desaparecido. Desde allí, sentado semiagazapado en un banco, expiaba Blas.
Nada más doblar la esquina por la que le vio esfumarse Juan Luis paró un taxi y fue hasta su casa. Durante el trayecto intentó tranquilizarse, pensar, dominar su respiración angustiosa y parar sus temblores. El impacto había sido fuerte pero él sabía que se repondría. Podía controlar las emociones, por profundas que fuesen, de eso tenía experiencia. En el momento de apearse del taxi y atravesar el umbral de la portería ya tenía su mente funcionando al cien por cien. Lo único que le iba a ritmo anormal era el corazón, que bombeaba con inusitada potencia, lo que le ayudó a trepar por la escalera saltando los escalones de tres en tres.
Al plantarse ante la puerta y sacar la llave recordó que el paño de la cerradura se quedaba imperceptiblemente girado hacia la izquierda si se cerraba de golpe, sólo quedaba recto si se le daba una vuelta a la llave desde fuera. El paño estaba perfectamente vertical, parecía que allí no había entrado nadie, o al menos nadie que no tuviese la llave ni conociese sus costumbres.
Entró con cuidado, enseguida encendió la luz... todo correcto, todo obsesionadamente ordenado como él siempre lo dejaba. Si hubiese entrado alguien lo sabría, ¡vaya si lo sabría!
Cogió el par de cosillas que necesitaba y se fue. Mientras bajaba las escaleras escuchó cómo se abría la puerta del primer piso. En él vivía Marita, un personaje muy peculiar, tanto como la relación que tenía con ella.
-Buenas noches Marita.
-Ebusna chones Lbas. Eh Sechudaco udirros natse. ¿Aspa loga? –Marita tenía un pequeño defectillo en el habla-.
-¿Has escuchado ruidos antes? Ah, sí, de pronto me ha embargado la duda de si había apagado el fuego, hoy he hecho un cocido, y he subido corriendo las escaleras. Menudo susto. Pero nada, todo está en orden –mintió Blas-.
-Son hacemso yomares, Lbas.
-Todavía no Marita, aún somos jóvenes, y por mucho tiempo, un despiste lo tiene cualquiera, no nos entierres tan pronto que todavía rebosamos vida.
-Et oprdísa equard nu rota, netgo llegatas sarecas, és equ et tusgan.
-¡Tienes galletas caseras! Maldición, qué mal me sabe cariño, pero tengo que irme, me están esperando, sabes que me encanta estar contigo pero hoy no puedo, de verdad.
-Acundo nietmes on penos tatnas exsucas. Seta zev et croe, troo ída saré.
-Te las sabes todas, creo que eres la única persona en el mundo que me conoce de verdad.
-Ya tesás timinendo troa zev.
-¡Qué mala eres! Adiós guapetona, nos vemos pronto.
-Seo serope, Lbas. Ya sebas déndo setyo.
Blas se fue hacia la plaza. Se quedaría allí observando, durante horas si fuese necesario. Si alguien quería algo de él posiblemente pasaría por allí. “Ni por encima de mi cadáver, aunque sólo sea por honor” pensó.
El miedo se había transformado en rabia y el sudor frío en rubor de odio. Ahora mismo deseaba enfrentarse cara a cara con el autor de esa nota.
Un lejano pitido hizo salir a Blas de sus atropelladas divagaciones. Curiosamente al mismo tiempo vio el 127 verde fosforito de tío Miguel aparcando milagrosamente casi al lado de su portal. Le acompañaba Juan Luis, que parecía esconderse de algo. Por un momento dudó de ellos... pero no, no podía ser. Sería una broma demasiado macabra, no era su estilo.
Después de un corto espacio de tiempo volvieron a la calle. Vio cómo hacían gestos de duda y con los brazos señalaban hacia todos los puntos cardinales. No tardaron en subir al coche y partir. “Ese pitido... –pensó Blas- juraría que era del 127”.
Sin darle más importancia a la extravagancia ocasional de tío Miguel se enfrascó de nuevo en sus pensamientos.
“Juan Luis Peñalba, buen mozo, y perspicaz, no sé como me pilla pero últimamente rara es la vez que no me atrapa en una mentira. Y como es tan puñetero el cabroncete no me deja pasar ni una. Tiene talento, no como los dos chavalotes que desde hace poco frecuentan La Minerva, ésos se lo tragan todo. O como los otros dos, que aún creen que de joven fui actor de spaguetti westerns, aunque es lógico, lo de escuchar no se les da muy bien, las palabras de los demás les entran por una oreja y, casi sin rozar el cerebro, les salen por la otra. Con tío Miguel es mejor hablar de política, siempre que la premisa principal sea “todos los políticos son unos chorizos”. Cuando me lanzo espontáneamente a contar una de mis batallitas siempre me dice “Gavilán, no empieces”. Juan Luis y él son las dos únicas personas con quien no tengo más remedio que mostrarme franco. Es trabajoso pero sienta bien. En realidad son lo más parecido a amigos que tengo, lo que no sé es si ellos me consideran igual”.
Blas pensó en Marita, su vecina de jeroglífico hablar. Le gustaba, y él a ella. Habían tenido algún escarceo amoroso pero cuando sucedía, siempre por pura inercia, él se excusaba diciendo que no era hombre para ella, ni para ella ni para ninguna mujer. Marita aceptaba con desilusión la situación consciente de que su defecto en el habla le quitaba todo su atractivo. Pero Blas, o Lbas, como le llamaba ella, no pensaba así. Al principio de conocerla, y de esto hacía ya mucho tiempo, no le entendía ni una palabra, como todo el mundo, pero a base de practicar consiguió pillarle el truco. Consistía en escuchar con mucha atención cada sonido que salía de su boca y reordenarlos como una secuencia lógica. Para conseguirlo era necesario un truco. Había que escuchar esos sonidos de la misma manera que se observa un cuadro en tres dimensiones con una figura oculta. Para descubrir esa figura hay que desenfocar la imagen, mirar al cuadro pero intentar ver lo que hay dentro, la figura aparece como por arte de magia. Al principio cuesta pero con práctica no hay cuadro que se te pueda resistir más de unos segundos. Fue como aprender un nuevo idioma. Marita estaba encantada con él por eso. Nadie había hecho por ella ese esfuerzo, ni su propia familia. Blas era la única persona en el mundo a quien se podía dirigir sin obtener como respuesta un “¿Qué dices?”, o “¿Tú hablas chino o qué?”. Así era en el mejor de los casos, siempre había algún cafre que se la quedaba mirando como si fuese idiota y algunos hasta soltaban una carcajada. Eso la hería hasta el centro del alma. Cuando pasaba eso estaba días sin salir de casa para otra cosa que no fuera trabajar en su puesto de costurera de un gran taller de confección. Allí al menos la respetaban por su gran eficiencia. Pero Lbas era diferente, con él podía tener conversaciones completas, con él había descubierto que le encantaba hablar, el problema era que cuando se emocionaba con algún tema su secuencia de sonidos se volvía mucho más caprichosa y anárquica y Blas tenía que decirle “Para el carro nena, que te embalas”.
Recordó el día en que Marita le contó que fue al médico para, al menos, buscar una causa a su problema. El médico le dijo que su defecto sólo se daba en una de cada seis mil millones de personas. Marita agarró la silla y se la estampó en la cabeza. Semejante desfachatez no merecía menos. El matasanos la denunció y hubo juicio, pero el juez, aburrido y desesperado, decidió anular la vista dejándolo todo en papel mojado.
Habían pasado más de dos horas desde que se fueron Juan Luis y tío Miguel, lo suficiente como para empezar a olvidarse de lo que estaba haciendo allí. Su mente divagaba ya sin orden ni concierto, se estaba quedando frío. La noche había caído ya sobre la ciudad como un manto opaco.
Entonces apareció alguien. Y se coló en su portal. Pudo ver poco de él, pero la suave luz de las farolas le dejó intuir que era un tipo menudo, ataviado con un sombrero negro y lo que pareció un jersey de lana de un color rojizo y oscuro. Clavó sus ojos en la ventana del comedor. El corazón se le empezó a acelerar, le latía con fuerza. Trascurrió un breve lapso de tiempo y atisbó una leve luz que se movía dentro de su casa. “Ese cabrón tiene llave, ¿cómo puede ser?” Aunque rememoró las veces que se había olvidado las llaves dentro de casa y con dos orquillas de Marita había podido forzar fácilmente la vieja cerradura. El intruso corrió las cortinas que Blas había dejado deliberadamente abiertas. La luz iba y venía, se apagaba y se encendía. “Lo tengo yo, no vas a encontrar nada, busca, busca... pero no me rompas nada, por favor”.
A los quince minutos el tipo asomó la cabeza por el umbral del portal, miró a ambos lados de la calle y echó a andar en dirección a la plazoleta de la fuente. Había vuelto a dejar las cortinas como estaban. “Viene hacia aquí” –se susurró Blas a sí mismo-. “Se está acercando, ¿sabrá que estoy aquí?, ¿tendrá algún secuaz apostado en algún escondrijo?” Blas escudriñó la oscuridad pero no vio a nadie. Con aquella negra noche lo lógico era no poder ver a nadie que se quisiese ocultar. El tipo era menudo, sí. Más de lo que con poca fortuna intentaban disimular los altos tacones de sus botines de charol, que sin querer, reflejaban algún haz de luz extraviado de las cansinas farolas. El hombrecillo estaba ya a pocos metros de la plazoleta. El ala del sombrero proyectaba sombras sobre su rostro que impedía que se le pudiese delatar. Cabeza ligeramente inclinada hacia delante, pasos cortos pero firmes, manos en los bolsillos...
Blas tuvo el impulso de abalanzarse sobre él, derribarlo, amoratarlo a golpes, interrogarlo haciendo el papel de poli malo y el de poli cabrón. Pero lo reprimió. Podía ser demasiado arriesgado, es posible que ese tipo fuera armado. Y lo que buscaba no estaba en la casa. El hombrecillo pasó a pocos metros de Blas sin levantar la mirada, parecía absorto en sus cavilaciones, ajeno a todo lo que le rodeaba. Blas se lo comió con la vista como un lobo hambriento mientras comenzaba ya a alejarse. “Lo dejaré para más adelante” pensó, tranquilizando artificialmente su conciencia. “Ten por seguro que nos encontraremos” rumió, envalentonándose desde su pasiva postura, haciendo suyas las palabras que con toda probabilidad pasaban por la mente de su opositor.
Dejó pasar unos minutos y volvió a casa, esta vez subió las escaleras con cuidado para no alertar a Marita. El paño estaba ligeramente desviado de su posición. Entró en casa y bajó la persiana del comedor, que era la única que daba a la calle. Encendió las luces y pudo darse cuenta de que todo estaba en perfecto estado. “Menos mal”. Al margen de algún pequeño detalle invisible para cualquier otra persona. Cajones cerrados de forma imperfecta, patas de muebles desalineados de las rayas de las baldosas, colchas y sábanas con imperceptibles arrugas... Aquel elemento había registrado todo pero sin demasiado empeño, sin dejar rastro. Estaba claro que no quería que Blas supiese que había estado allí. Lo que parecía evidente era que a lo que buscaba era al inquilino del piso.
Pero aquel no era lugar seguro. No podía quedarse en allí. El tipo no parecía tener ninguna prisa en actuar pero nadie podía asegurar que tramase volver allí con otras intenciones. Sin perder un segundo bajó a la calle y mirando intranquilo hacia todos lados empezó a caminar instintivamente en dirección a donde vivía Juan Luis.

(Para ver el capítulo VIII pinchar aquí).

3 sept 2008

Presente y pasado

-Hola amigo blog.
-Hola tú.
-Hoy he estado pensando sobre las aficiones. Admiro a la gente que se aficiona a algo y lo mantiene durante mucho tiempo, o toda la vida. Yo no soy capaz. En estos últimos años he tenido como hobbies la informática, el aprender inglés, los videojuegos, la música… y ahora me ha dado por escribir. Fíjate tú.
-Gracias a eso existo.
-Yo diría que al contrario, a raíz de crearte, amigo blog, he descubierto que me gusta esto de escribir. Lo malo es que siempre pienso que es para siempre y resulta que al cabo del tiempo aparece algo más interesante o divertido y adiós muy buenas.
-Y ¿te sabe mal?
-Estoy aprendiendo a aceptarlo, es una de las difíciles tareas que comprenden eso de “conocerse a sí mismo”.
-Para eso hace falta humildad.
-Sí, justo lo que me faltó para creer que podía aprender sueco en catorce días.
-Calla calla, ahí se te fue la olla que te cagas.
-Ja ja ja, tienes razón, pero me divertí mucho.

En ese momento apareció un tercer interlocutor que exclamó:

-Yo estuve haciendo Tai Chi un tiempo.
-Amigo blog, hazme el favor de decirme quién es este melenudo.
-Ni idea –respondió el blog-, pero creo que os voy a dejar solos, aquí estoy de más.
-Y ¿me vas a dejar solo con éste?
-Adiós majetes, espero que os entendáis –el blog se marchó dejando a J.C.Alonso con ese desconocido extrañamente familiar-.
-¿Usted quién es? ¿No sabe que eso de interrumpir una conversación está muy feo?
-Anda anda, ¿qué pasa?, ¿no me reconoces?
-No –dijo J.C.Alonso, pero en ese momento, no se sabe bien por qué, le vino a la memoria una imagen de cuando estuvo hospitalizado. Aquel día se sentó en el lavabo y mirando a su derecha descubrió que habían colgado un cuadro. Casi al instante se dio cuenta de que no era un cuadro, era un espejo, y el que se reflejaba allí era él mismo. Fue chocante observar aquella cara grisácea y demacrada totalmente diferente a la imagen que tenía de sí mismo. J.C.Alonso miró al desconocido y tuvo una sensación parecida. “Este tío parece un espejo” pensó. Y entonces añadió: -Y no me tutee, un respeto que soy mayor. ¿Cómo se llama?
-Juanky. Creo que a usted también le llaman Juanky, pero con “i” latina, Juanki.
-Así me llaman cariñosamente los que entraron a formar parte de mi vida en su segunda fase.
-Como a mí.
-Dígame por favor quién cojones es, señor Juanky.
-Soy su pasado.

J.C.Alonso se quedó pasmado mirando a aquel intruso que se había colado de repente en la escena perturbando su tranquilidad. Pero tuvo que reconocerse que el menda tenía razón, se estaba observando a sí mismo tal como era hace unos años.

-¿Te puedo tutear ahora que ya sabes quién soy?
-Bueno va –dudó J.C.Alonso-.
-Titotuta.
-Tu puta madre majadero.
-Va va va, que sé que te ha hecho gracia, reconócelo. Sé que aún tienes la extraña facultad de hacerte reír a ti mismo, igual que yo.
-Vale te creo -J.C.Alonso tuvo que rendirse otra vez a la evidencia y soltó una leve carcajada-. Y dime, ¿a qué te dedicas?, que no lo recuerdo.
-A la búsqueda de la felicidad.
-Grande y loable empresa. Y qué, ¿cómo va?
-Fatal, nunca la llegué a encontrar. Creí que conocía el camino…
-Déjame adivinar, y te perdiste.
-Exacto, perdí la oportunidad. Tú que puedes ver las cosas desde otro ángulo me puedes ayudar, no a enmendar el error, a bien seguro que hay alguno, para eso ya no hay remedio, pero sí al menos a entenderlo. ¿Qué coño me pasó?
-¿Qué es para ti la felicidad, Juanky?
-Es difícil de explicar, el objetivo de la vida, la realización total, el sentirse satisfecho y pleno, cosas así.
-Apuntabas demasiado alto, el riesgo era grande, o infinito, tenías todos los números para perder.
-¿Qué es entonces la felicidad? –dijo Juanky intrigado-.
-Lo que uno quiera.
-Pero la felicidad es un estado que…
-Ni estado ni estada, déjate de sandeces. Las grandes palabras como “Felicidad”, “Libertad” o “Amor” tienen un significado tan ambiguo que son imposibles de definir, cada uno le da el significado que le da la gana. Para mí la felicidad es sinónimo de tranquilidad.
-Estás degradando esa gran palabra.
-Ahora dime, y piénsatelo bien, ¿tú has estado alguna vez tranquilo?
-(…) –respondió.Juanky se quedó hecho polvo, mirando al suelo sin saber qué decir-.
-No te acongojes bobo, mala costumbre esa tuya –tranquilizó J.C.Alonso-. En el momento en que te cojí el relevo ya no tuve la necesidad de buscar la felicidad y cedí en el empeño. Entonces me sentí tranquilo, y al poco tiempo, sin querer, la encontré, solo que no me di cuenta hasta unos meses después. Encontré la felicidad, mi nueva definición de felicidad.
-No es justo.
-Sí lo es. Tú anhelabas algo utópico que en el fondo sabías que era imposible. Y menos con tu situación. Tenías una nube negra en la cabeza que no te dejaba pensar con claridad, todo era superficial, nada era lo profundo que tu deseabas. La vida es mucho más sencilla. Cometiste el error de escuchar demasiado a los demás y poco o nada a ti mismo. No sabías lo que tenías ni lo que querías.
-¿No estás siendo demasiado duro conmigo?
-De sobras sabes que no. Lo que tienes que hacer ahora, señor Juanky pasado, es comprender que cada uno durante su vida toma las decisiones que cree correctas, uno cree que está acertando. Que los acontecimientos no se sucedan como uno desea es otra cuestión, uno no puede estar arrepintiéndose toda la vida de los errores que ha cometido. Por eso, porque ya no tenías remedio, me diste paso a mí. Pero yo no soy más que lo que tú fuiste, uno es lo que fue, y te doy las gracias por ello.
Juanky se sintió emocionado y notó un nudo en la garganta.
-Otro error tuyo que estoy intentando corregir, cuando alguien te dice algo bonito te pones de esa manera por que no te puedes creer que alguien piense así de ti, si tú mismo tienes una imagen positiva de ti eso no pasa. Lo que te dicen ya lo sabes, no te viene de sorpresa.
Juanky sonrió con tranquilidad y miró a J.C.Alonso orgulloso. Deseaba hablar con él durante horas pero…
-Bueno, tengo que irme, hay una cosa que quiero hacer que es muy importante.
-¿De qué se trata?
-Voy a ver una carrera de coches que me he bajado de Internet –dijo J.C.Alonso frotándose las manos-.
Juanky se quedó helado.
-“Importancia” es otra de esas grandes palabras a las que uno le da el significado que le da gana, querido pasado.
-Adiós, J.C.Alonso, ha sido un placer hablar contigo, y muy instructivo.
-Sólo quiero que te sientas mejor, eso también me ayuda a mí, al fin y al cabo somos inseparables. Que te vaya bien.
-Lo mismo digo, te deseo toda la suerte del mundo.
-La suerte hay que buscarla, no viene sola.
Así se despidió J.C.Alonso, dejando un buen sabor de boca a Juanky, dispuesto a trincarse un chupito de Jack Daniels viendo una carrera de NASCAR, que era la obligación más importante que tenía en ese momento.

2 sept 2008

Zohan: Licencia para peinar - Dennis Dugan (2008)

Despojado de todo un buen manojo de prejuicios que me impedían disfrutar de este tipo de pelis y de otras cosas me dispuse a ver Zohan cómodamente sentado en el sofá. Me dijeron que era una peli de risa, pero tal como está el panorama o simplemente sabedor de lo exigente de mi poco panorámico sentido del humor, reté a Zohan a sacarme algo más de un par de simples sonrisillas, que es lo que me han conseguido sacar la mayoría de las pelis actuales que gratuitamente llamamos “de risa”.

Perdí el reto, me reí como un cosaco (¿como un cosaco?, ¿estos no son los que beben mucho?, bueno, da igual). Y me reí a gusto, ignorando la sarta de ordinarieces fuera de toda mesura que abarrotan esta peli. No sólo ignorándola, sacándole partido. Las animaladas se repiten una detrás de otra, pero son ingeniosas y no repetitivas.

En pelis como “Scary Movie” y semejantes también se repiten animaladas y salvajadas continuamente, pero con las dos primeras te ríes, con la tercera medio sonríes y con la cuarta empiezas a bostezar e inicias un irremediable camino al estado onírico más profundo.

La peli está plagada de gags graciosos pero tiene un par de escenas, de esas que recuerdas, que me parecieron épicas. La de Zohan persiguiendo a una lancha a nado y en la que juegan a fútbol con un gato. El gato no juega a fútbol, es la pelota.

Me destronché de risa, en otros tiempos no me lo hubiese permitido, menos mal que uno evoluciona, y creo (creo) que para bien, al fin y al cabo de lo que se trata es de pasarlo bien. Además se permite enviar un mensaje, intenta de una forma bastante poco ortodoxa la pacificación entre palestinos e israelíes, al menos los que han emigrado e EEUU. Como intención puede estar bien, pero me temo que como mucho puede provocar el efecto contrario.

Un diez por Zohan, la recomiendo para quien quiera ver una peli “de risa” atípica, es diferente sólo por el sencillo hecho de que te ríes.



31 ago 2008

El acueducto. Capítulo VI.

(Para ver el capítulo I pinchar aquí).

Juan Luis se quedó mirando la esquina que había doblado Blas. Ante la vista de la calle vacía, aparte de un gato que se había subido a un árbol y no sabía cómo bajar, Juan Luis intentó ordenar sus ideas para que por arte de magia apareciese en su cabeza una razón para explicar aquéllo. Viendo que no tenía nada que ordenar volvió a La Minerva y se sentó junto tío Miguel.
-¿Por qué le has dejado ir? –preguntó tío Miguel enfadado-.
-Blas quería estar solo, me ha echado de su lado, nunca le había visto así.
-Pero tenías que haberlo...
-Que no tío, hubiese sido peor, estaba hasta violento.
-¿Violento? ¿Blas violento? –tío Miguel no se lo podía creer-.
-¿Por qué iba a metir?
-Está bien... tenemos que hacer algo.
Uno de los otros dos se acercó a la mesa de Juan Luis y tío Miguel y preguntó por Blas.
-¿Está bien? ¿Le pasa algo?
-Un pequeño mareo, a veces le dan –contestó Juan Luis-.
-¿Pequeño mareo? –dijo el otro poco convencido-.
-Tiene migrañas y a veces le dan unos mareos que le dejan tieso, ha dicho que se iba a casa a descansar –indicó tío Miguel en ese tono irrefutable que bien sabía usar cuando era necesario-.
-Si usté lo dice. Bueno, ya me dirán algo –dijo el otro un poco preocupado-.
-Gracias majo, te informaremos, disculpa a Joaquín de nuestra parte.
-Nada nada, ya conocéis a Joaquín, es impulsivo pero buen tío, y ya sabéis que no hay nada que más le moleste que le toquen su calva, tiene un complejo que pa qué.
-Vale vale –apuntó Juan Luis un poco nervioso- y agradece al otro también su ayuda cuando vayas para allá.
-Lo haré machete –replicó el otro, molesto por el tono imperativo de Juan Luis-.
Cuando se alejó el sobrino miró al tío suspirando con fuerza y con gesto interrogativo y presuroso.
-Iremos a su casa a ver si está –dijo tío Miguel.
-De acuerdo.
-Rápido, iremos en mi coche –tío Miguel no pudo evitar un tono grandielocuente, como si al hablar de su coche se refiriese a un jet supersónico protagonista de grandes gestas bélicas-.
-Tío Miguel –dijo Juan Luis con una leve sonrisilla cargada de sorna-, ya sabes que las palabras “rápido” y “tu coche” no pueden ir juntas en una frase afirmativa.
-Te pegaré un pescozón si te vuelves a cachondear así, listillo. Además, sabes de sobras que en la vida me subiría a tu ridícula Vespino –expelió, señalándolo amenazante con su bastón-.
-Ridículo es un adjetivo que encaja perfectamente en la descripción de tu coche, pero se me ocurren muchos más. ¡Ay!
Tío Miguel le arreó un coscorrón bien merecido a Juan Luis sin decir nada pero con la ofensa clavada en sus penetrantes ojos azules.
Frotándose la cabeza con ambas manos Juan Luis salió de La Minerva seguido de su tío. Disfrutaba de lo lindo mofándose del coche, un coscorrón o un buen pescozón en el costado eran el exiguo precio que tenía que pagar, y lo pagaba muy a gusto.
Después de recorrer el par de manzanas que separaban La Minerva de la casa de tío Miguel, éste sacó un manojo de llaves y se dispuso a abrir el garaje (tío Miguel lo llamaba el hangar). La persiana metálica abarrotada de horribles graffitis chirrió desesperada por su falta de grasa y una vez abierta apareció tras ella un artilugio de color verde fosforito al que tío Miguel llamaba “su coche”.
El 127 tenía 35 años. Era de aquellos de faros cuadrados y la rejilla delantera dividida en innumerables cuadraditos. La puerta del conductor estaba en buen estado, no como el resto de la carrocería, que lucía gloriosa su chapa visiblemente arrugada y oxidada. En el capó del motor estaba pintada a pincel la famosa cara de gato negro a trazos rectos, y en los dos costados, desde la popa hasta la proa y acabando en ángulo agudo, brillaban las aún más famosas bandas rojas de pintura metálica. Clavaíto al coche de Starsky.
Juan Luis esperó, intentando que la vergüenza ajena no pasase a ser propia, a que tío Miguel entrase en el coche dispuesto a hacer lo mismo, la puerta del acompañante sólo se abría desde dentro. Tío Miguel bajó la ventanilla como pudo y dijo:
-¿Dónde vas calamar? Anda, ponte atrás y empuja.
Juan Luis no podía creer que aún no le hubiese cambiado la batería.
-Cuando salgamos cierra el hangar y te subes, que la calle hace un poco de bajada.
Aquel mamotreto pesaba como un tanque alemán de La Segunda Guerra Mundial.
-Tienes suerte de que no me comprase el 1.500.
Poco a poco fueron ganando velocidad no sin provocar el desespero de los conductores que los seguían. Al soltar el embrague con la segunda puesta al 127 le entró hipo, el tubo de escape emanaba borbotones de gases de indefinible color y el motor, en una dura pugna contra la gravedad se resistía a arrancar. Las oraciones de Juan Luis al Cristo de los desamparados surtieron efecto y el pequeño motor se puso en marcha con herrumbrosos quejidos.
-¿Acaso dudabas, mozalbete?
-¡En la vida! –contestó Juan Luis irónico-.
-Nunca me ha dejado tirado.
-Eso es una frase hecha, tío. Tú procura que no se te cale.
-Me ofendes chaval.
Entre discusiones sin mala intención se fueron acercando a donde vivía Blas, y tras un momento de silencio tío Miguel descubrió a su sobrino rezando de nuevo, esta vez al Cristo de los aparcados.
-¿Por qué rezas ahora, hombre de poca fe?
-Por un sitio donde aparcar este artilugio.
-Pues déjalo ya que hemos encontrado uno milagrosamente, nunca mejor dicho, al lado de casa de Blas.
Al poner la marcha atrás después de una rascada de piñones que pareció el eructo de un dragón empezó a sonar un pito intermitente. Piii, piii, piii.
-Tío Miguel... –dijo Juan Luis patidifuso-.
-Dime hijo.
-No me digas que la has puesto un pito de esos de marcha atrás.
-Es por seguridad.
-Pero esto no es un excavadora.
-No, es un 127.
-Me asombra, con lo sensato que eres, que te vuelvas tan excéntrico cuando se trata de tu coche.
-¿Excéntrico?
-Sí tío sí, excéntrico.
-No sé de qué me hablas.
Cuando bajaron del coche Juan Luis ocultó su cara por si le veía algún conocido y entraron en el portal de Blas. Subieron hasta el segundo y picaron al timbre.
-Ñrrrreeeeecccc –se quejó el timbre-.
-No esperarías un ding dong, ¿eh, chavalote?
Juan Luis tuvo un escalofrío de tiricia como si alguien arañase una pizarra. Tío Miguel hizo el ademán de picar otra vez.
-¡NOOOOO! ¡Espera!
El joven dio unos golpes en la puerta estremeciéndose todavía. Sin querer se le vinieron a la mente imágenes de tenedores oxidados rozando platos con la punta hasta romperlos. Sólo de pensarlo se volvió a estremecer.
-Parece que no está.
-(...).
-(...).
-No, no está.
-¿Dónde lo podríamos buscar? –murmuró tío Miguel mirando hacia el suelo como si la respuesta estuviese bajo sus pies-.
-Se está haciendo tarde, en algún sitio tiene que pasar la noche.
-Recorrer todos los bares del barrio nos podría llevar horas.
-Eso si está en el barrio.
-Podríamos, por hacer algo, mirar en la estación de autobuses.
-Dudo que esté allí, la carretera le da pánico, aunque si de verdad quiere huir... miremos antes en la de trenes.
-De acuerdo, no creo que le encontremos, Blas es un experto en el arte de escabullirse, pero al menos nos iremos a casa con la sensación de haber hecho algo. En casa al menos tenemos teléfono.
-Venga vamos. Una pregunta tío.
-Habla.
-¿Cómo diablos arrancaramos a Herbie ahora?
Tío Miguel le miró ofendido e inquisitivo levantando su bastón.
-Te he dicho mil veces que no le llames Herbie.
-Ji ji ji –se burló Juan Luis-.
-Cuando el coche recorre unos kilómetros la batería se carga, animal.
-Te aviso de que eso no durará eternamente –replicó el mozo sonriente-.
Esta vez era tío Miguel quien rezaba al Cristo de los arrancados sin que lo notase su sobrino.
De nuevo, milagrosamente, el vetusto aparato arrancó y partieron en una búsqueda que adivinaban vana.

(Para ver el capítulo VII pinchar aquí).

La Momia, La tumba del Emperador Dragón – Rob Cohen (2008)

Por suerte o por desgracia esta peli la vi en el cine.

Más bien por desgracia.

Los cines de Lleida son una puta caca. Y no por viejos, la fui a ver a los multicines de Alpicat, que son nuevos. La imagen es borrosa y tiembla, cuando la acción se acelera un poco te vuelves loco, acabas con los ojos destrozados y suerte si no te llevas a casa un buen dolor de cabeza. La peli está muy bien, es ideal para verla en el cine (¿?), hay mucha acción, el malo malone es malísismo y hace cosas muy curiosas, los efectos son muy espectaculares y tiene puntos de gracia con los que te echas unas risillas. Pero Brendan Fraser representa el papel de papá-que-quiere-mucho-a-su-hijo-y-no-sabe-cómo-decírselo y no está tan inspirado como en las otras, la gracia de los personajes recae en ese que no hace nada, que sólo da problemas, que no me sé cómo se llama. Recomendable para ver en un cine fuera de la provincia de Lleida. Mi esperanza de ver una peli en una pantalla grande a menos de 200 kilómetros de mi casa es que van a derribar el cine de Tremp para construir uno nuevo. De esperanza también se vive, dicen por ahí.

28 ago 2008

Paranoia – Joseph Finder (2004)

Una de espionaje empresarial. Lo compré en una cosa de esas que dan vueltas (no se cómo se llama ese trasto) de libros de bolsillo baratos porque me pareció que iría de cosas raras, sobrenaturales. Pues no, todo lo que pasa es absolutamente real.
Me ha gustado bastante. No es una gran obra literaria y la trama es sencilla de seguir, aunque a veces salen términos técnicos de altos niveles empresariales pero no son determinantes, si no se entienden no pasa nada.
Me recordaba a peli del sábado por la tarde en Telecinco, pero poco a poco la he ido subiendo al peliculón de Antena 3. Parece el guión de una de esas pelis de bajo presupuesto que no llegan al cine, que son hechas para el vídeo y la tele, de esas que empiezas a ver con expresión aburrida pero te van enganchando y al final te comes las uñas hasta que llega el desenlace.
Reconozco que me ha sorprendido gratamente. Los personajes son estereotipos totales, el chico listo, la chica guapa y superinteligente, el malo malísimo, el bonachón, el imbécil, el desagradable, el colega auténtico, el rival falso y envidioso, y alguno más.
Tiene momentos tensos, te hace meterte bastante pero no llega a engancharte de una manera obsesiva.
Lectura tranquila y entretenida, la recomiendo si se tiene tiempo de leer.

25 ago 2008

El acueducto. Capítulo V.

(Para ver el capítulo I pinchar aquí).

Blas entró en La Minerva y se paró, como siempre, a dos pasos de la puerta observando el panorama. Se quedó, como siempre, con una media sonrisilla que expresaba “Tranquilos que ya he llegado, sé que me estabais esperando”. Siguió su camino y saludó a Diana con un “Hola chata” sinuoso e insinuante. Diana le contestó “¿Qué hay Blas?” y continuó andando sonriente adivinando que era completamente inofensivo.
Blas prosiguió su habitual desfile y al pasar por la barra hizo un gesto americanesco con la mano a Alfonso. Éste le miró con un ceja arqueada y le devolvió un escueto y seco saludo. Alfonso tenía la ligera sospecha de que el autor del escrito colgado clandestinamente era él, posiblemente con el ánimo de gastar una broma, pero no se lo quería preguntar porque de ninguna manera podía confiar en la veracidad de sus palabras, su intención era descubrirlo por sí mismo, observando.
Blas llegó al final de la barra, allí había dos chavales a los que un par de días antes había contado una bola de órdago. Los mozos abrieron los ojos al máximo y le miraron con una mueca de admiración convencidos de que “el señor Gavilán” fue uno de los héroes supervivientes del atentado de las torres gemelas, que casualmente pasba por allí a visitar a un amigo con el que había compartido pupitre en la escuela y ahora era dueño de varias de las empresas más poderosas de fabricación de calzado de Estados Unidos, que gracias a él no hubo cien muertos más y que había sido condecorado con la llave de oro de la ciudad. Blas les dio un par de palmaditas en la espalda con aire de suficiencia.
-Buenas majetes.
-Hola señor Gavilán –dijo uno-.
-Me alegro de verle otra vez –dijo el otro, deseoso de que se sentase allí con ellos otra vez dispuesto a invitarle a las cañas que hiciese falta con tal de escuchar otra de sus historias-.
Para acabar su ritual se plantó delante del tablón y buscó cosas nuevas. Sin dejar la media sonrisilla leyó el réquiem por un loro de Pajarillo y buscó alguna mirada en las mesas para poder comentarlo. Enseguida encontró las de Juan Luis y tío Miguel que no le habían quitado ojo de encima desde que había llegado. Blas, como había cierta distancia, les miró con cara de nene llorando y haciendo pequeños movimientos con las manos interpretó a una pajarito volando, después puso las palmas hacia arriba y ladeó la cabeza con la expresión de “Qué le vamos a hacer”. A continuación señaló el poema de Pajarillo y puso la cara de “Eres bueno abogado” y por último les hizo el mismo gesto yanqui que a Alfonso que en otro hubiese quedado absolutamente ridículo.
Por fin detuvo su atención sobre el escrito que tanto esperaban Juan Luis y tío Miguel. Se puso blanco de golpe. Se tambaleó, y andando hacia atrás sin dejar de mirar al tablón tanteó a ciegas con las manos algún sitio donde apoyarse. Le vino un fuerte mareo y las piernas le empezaron a temblar. Por suerte con la mano derecha encontró la calva de Joaquín y se aferró a ella como si se fuese a hundir el suelo que pisaba. Joaquín intentó zafarse de su presa con bruscos movimientos mientras los otros dos (los del remigio), que se habían dado cuenta de que Blas estaba pálido como un cadáver, sujetaron a éste para que no diese con sus huesos contra el suelo.
-¿!Qué haces animal!? –dijo el dueño de la ya liberada calva-.
-No te mosquees hombre –dijeron los otros dos-, lo ha hecho sin querer, la ha dao un yuyu o algo.
-Vale vale, ¡pero la próxima te agarras del moño de tu tía!
Blas le miró con la boca abierta sin entender lo que decía e intentó mantenerse en pie sin la ayuda de los otros dos. Cuando lo consiguió se fue hacia la puerta. Sus pasos eran tan firmes como los de una abuela artrítica en el epicentro de un terremoto. Salió y empezó a caminar hacia su izquierda apoyándose en la pared del edificio para seguir en pie.
Juan Luis salió disparado a buscarle. Cuando llegó a su altura le cogió por los hombros.
-Déjeme, que ya estoy bien, puedo andar solo –dijo Blas molesto y confuso-.
-Blas, dime qué pasa.
-Nada, sólo un mareo, ya está, me habrá sentado mal algo, déjeme solo.
-No voy a dejarte, Blas. Tienes que...
-¡Déjeme, estoy bien! –Aceleró el paso y sacudió la mano para echar a Juan Luis de su lado-.
-¡Blas! ¡Sólo quiero ayudarte! –dijo Juan Luis mientras aflojaba el paso-.
No hubo respuesta, sólo una aceleración aún mayor.
-¡Blas!

(Para ver el capítulo VI pinchar aquí).

21 ago 2008

El acueducto. Capítulo IV.

(Para ver el capítulo I pinchar aquí).

Tío Miguel estaba en La Minerva tomando café y leyendo el periódico local cuando apareció Juan Luis. Éste se dirigió, como siempre, al tablón y se quedó allí un ratito.
Tío Miguel le obsevaba atentamente. Vio como iba a la barra e intercambiaba unas palabras con Alfonso. El gesto interrogante de Juan Luis fue respondido de igual manera por Alfonso junto con un ceño bien fruncido. A Alfonso le molestaba que alguien colgase algo en el tablón sin su permiso y aunque había clientes entre los que estaban tío Miguel y Juan Luis que tenían licencia total estos le avisaban cuando colgaban algo.
El joven se acercó a la mesa donde estaba tío Miguel.
-¿Has visto el escrito, tío?
-Buenas tardes, sobrino.
-Perdón, buenas tardes –respondió Juan Luis sentándose y esperando una respuesta-.
-Es del Pajarillo, se le ha muerto el loro (Pajarillo era el inevitable apodo que le habían puesto en el barrio a Martín Redondo, un tipejo menudo y de nariz aguileña que sólo hablaba de sus pájaros).
-Déjate de coñas tío, me refiero a...
Juan Luis se quedó atónito de repente. Boquiabierto y con los ojos fuera de órbita no podía apartar la vista de algo que se le había cruzado en su campo de visión.
-Buen culo ¿eh? –dijo tío Miguel, aludiendo a la nueva camarera-.
-(...) –respondió Juan Luis-.
-Despierta chaval, por si no lo sabes, eso es una mujer.
-No es sólo una mujer, tío, no es sólo una mujer.
-Yo creo que sí, pero allá tú.
La moza en cuestión era una morenaza, si bien no demasiado guapa, sí dueña de un cuerpo escultural.
-Bueno, vamos a lo que vamos Juanlu, sí que he leído el escrito.
-Parece que va en serio –dijo Juan Luis una vez bajó de las nubes-.
-¿Qué dice Alfonso?
-Que no sabe quién lo ha colgado, que está cabreado, pero que lo ha dejado porque seguro que hay alguien a quien le debe intereresar.
-Quien sea va sobrado, el mensaje es un aviso, parece que le dé ventaja al que se lo dirige.
-Quien sea además de sobrado se cree poderoso, ¿será alguien de aquí?
-No lo creo, aquí somos siempre los mismos, aquí no hay mala gente. En ese escrito se adivina un enorme rencor...
-Magnífica palabra ...rencor... –interrumpió Juan Luis en un momento de titubeo de su tío-.
-Sí, y de un horrible significado, el rencor es un sentimiento muy poderoso que se queda grabado irremediablemente en la expresión del que lo siente. Por aquí no frecuenta nadie con la mirada del que sufre un antiguo rencor, la habría notado.
-Y menos por alguno de los habituales.
-Es intrigante...
-Lo es tío, lo es. Y un poco acongojante. No me gustaría estar en la piel del que lo ha de recibir.
-Ha de ser alguien maduro, o quizás viejo.
-Qué mala espina me da.
-Y a mí.
Los dos callaron y se quedaron absortos mirando el tablón. Sin querer su vista se fijaba en aquella nota desenfocando el resto, que aparecía como un fondo distorsionado que añadía misterio a la imagen.
-¿Vas a tomar algo?
Juan Luis salió de su ensueño y entró en otro automáticamente. Un discreto pero contundente golpe de bastón por dabajo de la mesa le libró de su parálisis.
-Cerveza... una caña... sin limón.
La chica tomó nota rápidamente y se dirigió a tío Miguel.
-¿Y el señor, querrá algo más?
-Sí, ponme otro café, de ese africano. Me llamo Miguel, pero todos me llaman tío Miguel, el único que es mi sobrino es este bobo de aquí, se llama Juan Luis.
-Encantada, soy Diana –dijo escuetamente pero de forma simpática y agradable-.
Diana se marchó y tío Miguel se quedó mirando a Juan Luis.
-El bobo embobado.
-(...).
-Por Dios, ¡lo que hay que ver! ¡Reacciona alelado!
-Lo siento tío.
-Ni siento ni sienta, prepárate, que ya vuelve, cambia la cara.
El trayecto de Diana desde la barra hasta la mesa se le hizo a Juan Luis eterno. En una batalla sin par contra su ensimismamiento consiguió salir medio victorioso y expelió unas originales palabras.
-Muchas gracias, Diana.
Le salieron más como efluvios gaseosos amorfos, o deformes, que como sonidos acordes dotados de significado.
-Estás apañao, Juanlu, menos mal que ya has acabado la carrera.
Juan Luis, con cara de bobo, lelo y memo, miró un momento a su tío y rápidamente sus ojos se comportaron como resortes metálicos atraídos por el imán que se movía con gracia de un lado a otro de la cafetería.
Juan Luis estaba en Babia, pero tío Miguel no. Estaba realmente preocupado. Sabía que aquella nota iba en serio. No era un simple aviso, expresaba mucho más. La vida en el barrio era muy tranquila y apacible, lo que parecía incluso extraño para ser un barrio de clase media-baja de una gran ciudad. Generalmente no pasaba nada de reseñar, alguna peleílla, o borrachuzos voceando a altas horas de la noche, poca cosa. Pero aquello amanazaba problemas.
Aunque no del todo, poco a poco se le fue yendo de la cabeza y volvió a enfrascarse en la intrascendente lectura del diario local. Felipe y Joaquín jugaban al remigio con otros dos –el remigio era para ellos un juego amistoso, sus verdaderos piques los saldaban con el tute-, Alfonso escuchaba con atención el nuevo disco de Marcus Miller, Pajarillo reía –por no llorar- explicando historias de su loro a quien le quisiese escuchar y Juan Luis paulatinamente iba saliendo de su estupor. Todo bien.

(Para ver el capítulo V pinchar aquí).

20 ago 2008

Hancock - Peter Berg (2008)

Esto es una peli guapa, pero guapa guapa, aunque podría ser guapa guapa guapa.
Hancock es la contrapartida a la avalancha de pelis de superhéroes que para bien o para mal nos invade (ojo, a mí me gustan). Es el Quijote volador, y como escudero tiene, en vez de a Sancho Panza, litros y litros de whisky.
Efectos impecables y espectaculares, bastante acción, aunque menos de la esperada, y dos actores, el orejitas y la piernas largas que no se lucen casi nada pero que son vistosos. El orejitas se ha encasillado últimamente en este tipo de papel y creo que no es bueno, es un actorazo y así no lo puede demostrar.
Ojo para el que no la haya visto, voy a hablar del final.
La peli empieza muy cañera pero va decayendo a medida que Hancock se va reformando y acaba con un final de blandeguería pura. Preferiría la resabida superlucha contra el supermalo con un derroche brutal de animaladas, explosiones y superostias, que gane y ya está. Creo que es un intento algo tonto de darle un argumento a una peli visual.
Aún así recomendable a tope.

Yelena Isinbayeva

-Esta titi es Yelena Isinbayeva, para mí la mejor de estos juegos.
-¿Estás de coña? ¿Y Michael Phelps?
-Ese es el gran dominador. Fíjate que he dicho “para mí”.
-Pero el gran dominador ha de ser el que más medallas ha ganado, el que es mucho mejor que sus rivales, el que…
-Sí sí sí, pero si lo precedes de un “para mí”, simplemente pones a quien te da la gana, y ya está. Y yo pongo a esta titi. Y ya está otra vez.
-¿Pero por qué?
-Eso es algo difícil de responder. A parte de la admiración que se puede tener por alguien por sus cualidades existe una admiración “especial” que se tiene no se sabe bien por qué. Como la que tuve –y tengo- por Svetlana Boginskaya.

-Vaya por Dios, otro adefesio, creo que te he pillao J.C.Alonso.
-Que no blog, también tuve ese sentimiento por Michael Johnson, o Mika Häkkinen, tíos y feos los dos, y por Steffi Graf, ninguna belleza.
-Ya, ¿y lo de Avril Lavigne o The Corrs?
-No te diré, blogot, que es pura coincidencia (sí te diré que me estás poniendo negro), la imagen importa, y mucho, pero si fuese por eso me encantarían Jennifer Gómez (perdón, López) y Beyoncé, nada más lejos de la realidad. En cambio se me disparan los ojos cada vez que veo escrito el nombre de Joe Satriani o Marcus Miller.
-Pero no me negarás que Phelps o Usain Bolt son auténticas estrellas.
-No, pero no siento nada cuando oigo sus nombres, y además no le hablan a su pértiga.
-Estás bobo J.C.Alonso, ellos no usan pértiga.
-Eso es lo de menos.
-Vamos, que la que más te ha gustado ha sido Yelena Isinbayeva y punto.
-Sí.
-Pos mu bien, pos malegro.
-¿Y a ti?
-¿Olvidas que esto representa un diálogo pero no lo es?
-No lo olvido no, pero dime… ¿y a ti?
- Ffffffff, va, te responderé: Fernando Alonso.
-Ese no compite.
-Eso es lo de menos. Buenos días.
-Buenas tardes.

17 ago 2008

Salvemos La Tierra (que la salve tu tía)

Salvemos La Tierra, ja ja. Risa me da. La Tierra es un planeta, amiguetes. La Tierra pesa 6 multiplicado por 10 elevado a 24, es decir, un 6 seguido de 24 ceros de toneladas y tiene una edad de unos 4.500 millones de años; y nosotros somos unos mocosos engreídos que nos creemos los amos de Universo.

Para La Tierra los terremotos, los volcanes, los huracanes y por otro lado el calentamiento global, la contaminación y la superpoblación no son más que agradables cosquillitas. Para La Tierra no somos más que una pequeña anécdota capaz de sobrevivir en un espectro muy pequeño de condiciones medioambientales, y que probablemente no quede mucho –en términos astronómicos- para nuestra propia autodestrucción.

La Tierra nos despedirá con cierta pena porque ha pasado los últimos miles de años observando nuestra evolución, asombrándose ante nuestras cualidades y partiéndose de risa de ver lo incapaces que somos de aprovecharlas. El roce hace el cariño, y por lo que nosotros mismos sabemos, somos la especie más divertida que ha pasado por su faz. Pero cuando al fin seamos capaces de variar esas condiciones medioambientales lo suficiente como para no poder sobrevivir –lo que parece nuestro objetivo prioritario- desapareceremos, y La Tierra tendrá que conformarse con obsevar especies más simples, a la espera de que aparezca otra tan amena como el Homo Sapiens Sapiens.

Por lo tanto ¿Salvemos La Tierra?, no, La Tierra ya se salva sola, salvémonos nosotros. ¿Y quién o qué somos nosotros? ¿Decir “nosotros” es realmente correcto?

Nos llamamos a nosotros mismos “La Humanidad”.

¡Oish, qué bonito!

Nos decimos que somos seres sociales, que formamos parte de un colectivo, que estamos juntos en esto o en lo otro.

Ja ja, me vuelvo a reír.

El concepto de colectivo se pierde en el momento en que tu país se enfrenta a otro en un partido de cualquier deporte, ya no es un colectivo, son dos. La idea de colectivo se vuelve a fragmentar cuando una provincia, comunidad o región aporta más que otras a su país; aún más cuando el vecino se acerca demasiado a la raya que separa las dos plazas de parking; y definitivamente a la hora de repartir la herencia de los padres muertos entre hermanos.

Individualismo puro. Sí, se nos puede llamar seres sociales porque nos necesitamos unos a otros, pero por nada más.

Cuando se rebosa juventud se rebosan también ideales, que se van difuminando según se madura, y cuando se tiene ya cierta –o incierta- edad y se empieza a ir de vuelta, cuando se empieza a ser consciente de que esto se acabará algún día y que además puede ser en cualquier momento, se acaba uno metiendo en la rueda egoísta, esa que barre pa su casa, que marca la sociedad, con desgana, con decepción y desilusión, pero lo hace para no sentirse un primo, para que no se te quede la cara de bobo del que va de buena fe y recibe palos por todos lados.

Por eso y por mucho más, cuando acabo mi jornada laboral después de quemar cerca de 200 litros de combustible fósil, cuando podríamos estar usando otro tipo de energía como el hidrógeno, voy en coche a casa y no en bici o andando. Y apago el pilotito de la tele porque me molesta, por nada más, porque después de ver despilfarros como las luces navideñas o farolas encendidas a las tres de la tarde se me pondría la cara de bobo antes comentada.

Siempre se dice que si todos apagásemos los dichosos pilotitos se podría iluminar una ciudad como no-sé-cuál durante no-sé-cuántos días, yo propongo lo contrario, si no se encienden las luces navideñas de Barcelona –por ejemplo- durante un día entero todos podríamos dejar el pilotito encendido el tiempo que nos diese la gana y además nos dejarían de dar por culo con semejante majadería.

Que recicles, que no gastes, que ahorres luz y agua, que patín y que patán. ¡Dejadme ya tranquilo! ¡Que recicle tu puta madre! Te lo ponen como si fueses el culpable de todo lo que pasa. Que si “entre todos por aquí”, que si “si cada uno colaborase” por allá. Estamos hartos de tanta hipocresía.

No, no pienso reciclar hasta que no me multen por ello, iré en coche a comprar tabaco, tiraré de la cadena las veces que necesite, y el aire acondicionado y la calefacción no los pondré por la sencilla razón de que no los tengo, pero si los tuviese los usaría en función de mi economía y nada más. Y además me iré a dormir con la conciencia bien limpia, pero limpia de verdad, y no como esos magnates y políticos amos del mundo que les importa una mierda el daño que hacen a la Humanidad.

Ha tenido que salir otra vez el jodido palabro.

-Buenos días, señora Humanidad –dijo Andrés Hurtado-.

-Buenas tardes, joven.

-Mmm, la veo a usted un poco liada.

-Es que tengo un problema celular jodidillo.

-Un lenguaje un poco vulgar para su condición ¿no cree?

-Tan vulgar como el empeño que ponen mis células en solucionar sus problemas.

-Entiendo –aceptó Andrés con resignación sin sentirse aludido-.

-No se han dado cuenta de que tienen que cambiar su manera de sentir todas y cada una de ellas. -Pues, con todos los respetos, lo tiene usted muy negro.

-Lo sé, Andrés, lo sé –apeló la señora Humanidad cabizbaja-.

-No desespere.

-Tú no lo verás, pero tal como va la cosa no me queda mucho.

-Posiblemente parte del problema sea ése, que yo no lo veré.

-Puede ser, de todas formas haz lo que puedas.

-Me cuesta, señora, me cuesta –dijo Andrés, sintiéndose fatal-.

-Al menos no molestes a tu vecino.

-Eso ya lo hago.

-Si lo hicieseis todas mis células esto cambiaría más de lo que te imaginas.

-¿Cree usted que esa puede ser la clave?

-La única no lo sé, pero una de ellas seguro.

-Seguiré con mi actidud. Encantado de hablar con usted, buenas tardes, señora.

-Buenas noches, hijo.

El acueducto. Capítulo III.

(Para ver el capítulo I pinchar aquí).

La Minerva era la cafetería donde Juan Luis, tío Miguel y Blas pasaban las horas muertas. Muertas es un decir ya que el local tenía algo especial, mágico, que hacía que el aburrimiento fuese imposible. Allí se despertaban las ideas, la inspiración y el ingenio.
Blas era capaz de crear allí sobre la marcha las mejores trolas jamás contadas, convenciendo de su veracidad a cualquiera que no lo conociese demasiado; tío Miguel se explayaba en disertaciones filosóficas como el catedrático más ingenioso; y Juan Luis dejaba libre su alma de poeta.
La decoración era de lo más acogedor. Antiguos muebles coloniales (no como los que se hacen ahora), estanterías repletas de libros, una vitrina bien cerrada que contenía libros muy antiguos como extrañas ediciones del Quijote y del Diccionario de la Real Academia, ventiladores de época, bodegones y retratos de desconocidos con mucho porte colgados de las paredes, el techo requeteafiligranado ennegrecido por el humo del tabaco, iluminación cálida y suave pero suficiente para leer o escribir sin acabar con la vista destrozada, y una máquina de música, ésta sí, sólo con apariencia antigua, pues en su interior habitaban más de mil cedés, renovados continuamente por Alfonso Alegre, dueño del local, gran amante del jazz, comprador compulsivo, como los que hoy ya no quedan, de discos del único estilo musical existente, según decía él. Al fondo había un pequeño espacio donde se apretujaban un piano, un contrabajo y una batería. De vez en cuando tocaba algún grupillo o simplemente Alfonso, buen pianista, y alguno más de los presentes se animaban a improvisar algunas notas.
Pero quizás lo más curioso de la Minerva era lo que en su día fue un tablón de anuncios, la diferencia era que en lugar de notas con textos como “vendo coche”, “busco piso” o “se necesita electricista” había poesías escritas por los clientes. La calidad artística no importaba en absoluto, lo único importante e imprescindible era que fuesen poesías escritas por los clientes.

Algunos las utilizaban para retar a alguien a una partida de tute:

Cree usted Don Felipe
que no tiene rival.
Su juego es temido,
su pose amenazante
y su mirada...
... inescrutable.

Pero yo, Joaquín,
humilde retador
oso desafiarle.
Mis avales son menores
pero mi gallardía...
...indudable.

Pues aquí le espero
velando el tapete
en la mesa de siempre
el domingo a las siete.

Otros para llorar la muerte de su loro:

Tus horrendos graznidos
Grabrielín mi preferido
Se han dejado de oír
Contenta estará Juana
La vecina del quinto
Pues mis atrevidos piropos
Puestos en tu pico
No tendrá que soportar
Lloro tu despedida
Y aquí me quedo solo
Compadezco a ángeles
Y arcángeles
Que deberán esquivar
Tus fecales ataques
Mientras sobrevuelas
Sus cabezas y sufrir
Tu horrible voz
Y tu exasperante indiscreción

Algún enamoradillo se dejaba llevar por su pasión:

Rosana mi amada
Babeo sin parar
Parezco un fantasma
De cándida mirada

Rosana deseada
Sin haberte invitado
A mi mente te has mudado
Pero la puerta te he abierto
Debí haber puesto
Algún reparo

Porque ya no existo
Ni veo ni como ni respiro
Y por si fuera poco
Tampoco vivo

Rosana adorada
Ahora dudo si quiero que leas
Esta absurda cursilada


Los había que, poéticamente, intentaban vender su moto:

Yo la quería
Yo la deseaba
Pero la carne es débil
Y el escaparate...

... demasiado llamativo

Una Ducati me cegó
Paralizado quedé
Y mi amor por ella
En poco más de un suspiro...

...se desvaneció

Tres mil euros te separan
Nuevo amante
De una Honda mil cien
Deslumbrante...

... que su furia no te espante.

O simplemente saber si era Colón o Ariel el que lavaba más blanco:

Si escojo uno
Debo dejar el otro
La duda me invade

Efecto lejía
O blancura nuclear
Cualquiera sabe

Mi consuelo es mi vecina
Corroída por la envidia
¿Será que no tendrá consejo
De su amiga, prima o sobrina?

Eso sí, todo en verso. El tablón poético estaba muy solicitado, diariamente se actualizaba, Alfonso lo mantenía en perfecto orden, nada se colgaba sin pasar por su filtro, y todo el mundo estaba siempre pendiente de las nuevas muestras literarias. El tablón era la verdadera alma del lugar, donde los asistentes habituales daban forma a sus inquietudes o a su ingenio.
Pero aquel día, y sin que Alfonso lo supiera, alguien había colgado en una esquina aunque bien visible un enigmático y amenazador escrito:

La sombra te acecha
Huye si puedes
Y si no ocúltate
Que no te encuentre

Cuarenta años buscándote
Y al fin doy contigo
Sé que lo tienes
Ya sabes qué ansío

Escucha tu miedo
Desde aquí lo percibo
Escúchalo y claudica
Saldrás ganando
Ayúdate e imagina
De lo que soy capaz

(Para ver el capítulo IV pinchar aquí).

8 ago 2008

El Incidente - M. Night Shyamalan (2008)

Un día a la basca le da por sucidarse.
Y ya está.
Sólo eso, nada más.
Uno ve el trailer por la tele y piensa: -Ésta seguro que es guapa-. Te haces ilusiones, te frotas las manos cuando la vas a ver, la ves... y otra decepción. Ayer estuve intentando recordar alguna peli con un reparto tan nefasto como en ésta y me fue imposible. Me esperaba paranoias paranormales para flipar o para cagarse de miedo (¿para qué?) y del aburrimiento me fui a la cocina y me comí un par de paraguayos (¿para qué? paraguayos).
Amigo lector: no la veas, mejor lee un libro, o el periódico, o la etiqueta del desodorante, será más ameno.

Ficha.

4 ago 2008

El Informe Phaeton - Albert Salvadó (2007)

¿No es presuntuoso creer que estamos solos en el inmenso Universo? ¿No sería, entonces, igualmente presuntuoso creer que en 100.000 años de Historia del Homo Sapiens Sapiens (el hombre que es consciente de que sabe) la única era próspera de la Humanidad ha sido la actual? Desde los primeros escritos de los Sumerios han pasado “tan sólo” 6.000 años y hemos llegado hasta donde estamos. ¿Quién puede asegurar que en los 94.000 (¡94.000!!!) años restantes o existió alguna civilización capaz de dominar la ingeniería aeroespacial, la biogenética, la física nuclear...?
Albert Salvadó, en un derroche generoso de imaginación, propone una cambio total en la Historia de la Humanidad desde sus mismos cimientos, desde Adán, propone una interpretación totalmente nueva de la Biblia y otros muchos escritos de diferentes civilizaciones como el Libro de Enoc. Si una civilización posterior a la nuestra encontrase un recorte de periódico sólo con el titular “Fernando Alonso se coronó rey” ¿no se podría interpretar como un escrito histórico, siendo Fernando un importante rey de una importante nación?. Asimismo si leemos en la Biblia que Jesucristo multiplicó los panes y los peces ¿no podríamos creer que se montó un economato?
El Informe Phaeton es un trabajo exhaustivo y perfecto que da sentido y lógica a una idea que hoy llamamos utopía. Sin grandes despliegues retóricos Albert Salvador va al grano directamente en este intenso libro que podríamos calificar de novela histórica, y lanza un mensaje al aire del absurdo camino que estamos siguiendo los humanos actualmente, que nos lleva, sin duda alguna, a la autodestrucción. ¿Seremos capaces de mejorar a nuestros antepasados y de sobrevivir a nosotros mismos para perpetuar nuestra existencia en armonía con nuestro hogar que es La Tierra? ¿O simplemente somos un bucle más de la Historia cíclica?

Ahí van un par de fragmentos para hacer boca.

“Siempre he creído que los conocimientos flotan en el interior de nuestro cerebro como pequeños hados y pequeñas hadas que vuelan por el aire. De vez en cuando, dos de ellos se echan una mirada, se sonríen, se detienen, charlan... y establecen una relación que da lugar a una nueva idea. Es lo que llamamos la inspiración”

“No existen la religiones, porque nací del agua y he evolucionado por medio de la obsevación. ¡Y soy consciente de ello! Por lo tanto, no necesito creer en la existencia de seres divinos, porque sé cuál es mi origen y cuál es el camino de mi evolución. He aprendido que cuando aparece el conocimiento desaparece la fe, porque no tiene razón de ser. Resulta evidente que quien sabe ya no necesita creer”.