25 ago. 2008

El acueducto. Capítulo V.

(Para ver el capítulo I pinchar aquí).

Blas entró en La Minerva y se paró, como siempre, a dos pasos de la puerta observando el panorama. Se quedó, como siempre, con una media sonrisilla que expresaba “Tranquilos que ya he llegado, sé que me estabais esperando”. Siguió su camino y saludó a Diana con un “Hola chata” sinuoso e insinuante. Diana le contestó “¿Qué hay Blas?” y continuó andando sonriente adivinando que era completamente inofensivo.
Blas prosiguió su habitual desfile y al pasar por la barra hizo un gesto americanesco con la mano a Alfonso. Éste le miró con un ceja arqueada y le devolvió un escueto y seco saludo. Alfonso tenía la ligera sospecha de que el autor del escrito colgado clandestinamente era él, posiblemente con el ánimo de gastar una broma, pero no se lo quería preguntar porque de ninguna manera podía confiar en la veracidad de sus palabras, su intención era descubrirlo por sí mismo, observando.
Blas llegó al final de la barra, allí había dos chavales a los que un par de días antes había contado una bola de órdago. Los mozos abrieron los ojos al máximo y le miraron con una mueca de admiración convencidos de que “el señor Gavilán” fue uno de los héroes supervivientes del atentado de las torres gemelas, que casualmente pasba por allí a visitar a un amigo con el que había compartido pupitre en la escuela y ahora era dueño de varias de las empresas más poderosas de fabricación de calzado de Estados Unidos, que gracias a él no hubo cien muertos más y que había sido condecorado con la llave de oro de la ciudad. Blas les dio un par de palmaditas en la espalda con aire de suficiencia.
-Buenas majetes.
-Hola señor Gavilán –dijo uno-.
-Me alegro de verle otra vez –dijo el otro, deseoso de que se sentase allí con ellos otra vez dispuesto a invitarle a las cañas que hiciese falta con tal de escuchar otra de sus historias-.
Para acabar su ritual se plantó delante del tablón y buscó cosas nuevas. Sin dejar la media sonrisilla leyó el réquiem por un loro de Pajarillo y buscó alguna mirada en las mesas para poder comentarlo. Enseguida encontró las de Juan Luis y tío Miguel que no le habían quitado ojo de encima desde que había llegado. Blas, como había cierta distancia, les miró con cara de nene llorando y haciendo pequeños movimientos con las manos interpretó a una pajarito volando, después puso las palmas hacia arriba y ladeó la cabeza con la expresión de “Qué le vamos a hacer”. A continuación señaló el poema de Pajarillo y puso la cara de “Eres bueno abogado” y por último les hizo el mismo gesto yanqui que a Alfonso que en otro hubiese quedado absolutamente ridículo.
Por fin detuvo su atención sobre el escrito que tanto esperaban Juan Luis y tío Miguel. Se puso blanco de golpe. Se tambaleó, y andando hacia atrás sin dejar de mirar al tablón tanteó a ciegas con las manos algún sitio donde apoyarse. Le vino un fuerte mareo y las piernas le empezaron a temblar. Por suerte con la mano derecha encontró la calva de Joaquín y se aferró a ella como si se fuese a hundir el suelo que pisaba. Joaquín intentó zafarse de su presa con bruscos movimientos mientras los otros dos (los del remigio), que se habían dado cuenta de que Blas estaba pálido como un cadáver, sujetaron a éste para que no diese con sus huesos contra el suelo.
-¿!Qué haces animal!? –dijo el dueño de la ya liberada calva-.
-No te mosquees hombre –dijeron los otros dos-, lo ha hecho sin querer, la ha dao un yuyu o algo.
-Vale vale, ¡pero la próxima te agarras del moño de tu tía!
Blas le miró con la boca abierta sin entender lo que decía e intentó mantenerse en pie sin la ayuda de los otros dos. Cuando lo consiguió se fue hacia la puerta. Sus pasos eran tan firmes como los de una abuela artrítica en el epicentro de un terremoto. Salió y empezó a caminar hacia su izquierda apoyándose en la pared del edificio para seguir en pie.
Juan Luis salió disparado a buscarle. Cuando llegó a su altura le cogió por los hombros.
-Déjeme, que ya estoy bien, puedo andar solo –dijo Blas molesto y confuso-.
-Blas, dime qué pasa.
-Nada, sólo un mareo, ya está, me habrá sentado mal algo, déjeme solo.
-No voy a dejarte, Blas. Tienes que...
-¡Déjeme, estoy bien! –Aceleró el paso y sacudió la mano para echar a Juan Luis de su lado-.
-¡Blas! ¡Sólo quiero ayudarte! –dijo Juan Luis mientras aflojaba el paso-.
No hubo respuesta, sólo una aceleración aún mayor.
-¡Blas!

(Para ver el capítulo VI pinchar aquí).

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