21 ago. 2008

El acueducto. Capítulo IV.

(Para ver el capítulo I pinchar aquí).

Tío Miguel estaba en La Minerva tomando café y leyendo el periódico local cuando apareció Juan Luis. Éste se dirigió, como siempre, al tablón y se quedó allí un ratito.
Tío Miguel le obsevaba atentamente. Vio como iba a la barra e intercambiaba unas palabras con Alfonso. El gesto interrogante de Juan Luis fue respondido de igual manera por Alfonso junto con un ceño bien fruncido. A Alfonso le molestaba que alguien colgase algo en el tablón sin su permiso y aunque había clientes entre los que estaban tío Miguel y Juan Luis que tenían licencia total estos le avisaban cuando colgaban algo.
El joven se acercó a la mesa donde estaba tío Miguel.
-¿Has visto el escrito, tío?
-Buenas tardes, sobrino.
-Perdón, buenas tardes –respondió Juan Luis sentándose y esperando una respuesta-.
-Es del Pajarillo, se le ha muerto el loro (Pajarillo era el inevitable apodo que le habían puesto en el barrio a Martín Redondo, un tipejo menudo y de nariz aguileña que sólo hablaba de sus pájaros).
-Déjate de coñas tío, me refiero a...
Juan Luis se quedó atónito de repente. Boquiabierto y con los ojos fuera de órbita no podía apartar la vista de algo que se le había cruzado en su campo de visión.
-Buen culo ¿eh? –dijo tío Miguel, aludiendo a la nueva camarera-.
-(...) –respondió Juan Luis-.
-Despierta chaval, por si no lo sabes, eso es una mujer.
-No es sólo una mujer, tío, no es sólo una mujer.
-Yo creo que sí, pero allá tú.
La moza en cuestión era una morenaza, si bien no demasiado guapa, sí dueña de un cuerpo escultural.
-Bueno, vamos a lo que vamos Juanlu, sí que he leído el escrito.
-Parece que va en serio –dijo Juan Luis una vez bajó de las nubes-.
-¿Qué dice Alfonso?
-Que no sabe quién lo ha colgado, que está cabreado, pero que lo ha dejado porque seguro que hay alguien a quien le debe intereresar.
-Quien sea va sobrado, el mensaje es un aviso, parece que le dé ventaja al que se lo dirige.
-Quien sea además de sobrado se cree poderoso, ¿será alguien de aquí?
-No lo creo, aquí somos siempre los mismos, aquí no hay mala gente. En ese escrito se adivina un enorme rencor...
-Magnífica palabra ...rencor... –interrumpió Juan Luis en un momento de titubeo de su tío-.
-Sí, y de un horrible significado, el rencor es un sentimiento muy poderoso que se queda grabado irremediablemente en la expresión del que lo siente. Por aquí no frecuenta nadie con la mirada del que sufre un antiguo rencor, la habría notado.
-Y menos por alguno de los habituales.
-Es intrigante...
-Lo es tío, lo es. Y un poco acongojante. No me gustaría estar en la piel del que lo ha de recibir.
-Ha de ser alguien maduro, o quizás viejo.
-Qué mala espina me da.
-Y a mí.
Los dos callaron y se quedaron absortos mirando el tablón. Sin querer su vista se fijaba en aquella nota desenfocando el resto, que aparecía como un fondo distorsionado que añadía misterio a la imagen.
-¿Vas a tomar algo?
Juan Luis salió de su ensueño y entró en otro automáticamente. Un discreto pero contundente golpe de bastón por dabajo de la mesa le libró de su parálisis.
-Cerveza... una caña... sin limón.
La chica tomó nota rápidamente y se dirigió a tío Miguel.
-¿Y el señor, querrá algo más?
-Sí, ponme otro café, de ese africano. Me llamo Miguel, pero todos me llaman tío Miguel, el único que es mi sobrino es este bobo de aquí, se llama Juan Luis.
-Encantada, soy Diana –dijo escuetamente pero de forma simpática y agradable-.
Diana se marchó y tío Miguel se quedó mirando a Juan Luis.
-El bobo embobado.
-(...).
-Por Dios, ¡lo que hay que ver! ¡Reacciona alelado!
-Lo siento tío.
-Ni siento ni sienta, prepárate, que ya vuelve, cambia la cara.
El trayecto de Diana desde la barra hasta la mesa se le hizo a Juan Luis eterno. En una batalla sin par contra su ensimismamiento consiguió salir medio victorioso y expelió unas originales palabras.
-Muchas gracias, Diana.
Le salieron más como efluvios gaseosos amorfos, o deformes, que como sonidos acordes dotados de significado.
-Estás apañao, Juanlu, menos mal que ya has acabado la carrera.
Juan Luis, con cara de bobo, lelo y memo, miró un momento a su tío y rápidamente sus ojos se comportaron como resortes metálicos atraídos por el imán que se movía con gracia de un lado a otro de la cafetería.
Juan Luis estaba en Babia, pero tío Miguel no. Estaba realmente preocupado. Sabía que aquella nota iba en serio. No era un simple aviso, expresaba mucho más. La vida en el barrio era muy tranquila y apacible, lo que parecía incluso extraño para ser un barrio de clase media-baja de una gran ciudad. Generalmente no pasaba nada de reseñar, alguna peleílla, o borrachuzos voceando a altas horas de la noche, poca cosa. Pero aquello amanazaba problemas.
Aunque no del todo, poco a poco se le fue yendo de la cabeza y volvió a enfrascarse en la intrascendente lectura del diario local. Felipe y Joaquín jugaban al remigio con otros dos –el remigio era para ellos un juego amistoso, sus verdaderos piques los saldaban con el tute-, Alfonso escuchaba con atención el nuevo disco de Marcus Miller, Pajarillo reía –por no llorar- explicando historias de su loro a quien le quisiese escuchar y Juan Luis paulatinamente iba saliendo de su estupor. Todo bien.

(Para ver el capítulo V pinchar aquí).

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