1 oct. 2008

El acueducto. Capítulo VIII.

(Para ver el capítulo I pinchar aquí).

-Querido sobrino, mi gastado cuerpo no da para más. Seguir buscando ya no tiene sentido-. A tío Miguel se le entrecerraban los ojos, era de los que el despertador biológico no le dejaba dormir más allá de las ocho de la mañana. Lo que naturalmente implicaba que todo lo que fuese estar despierto después de las doce era asumir riesgos innecesarios de quedarse dormido en cualquier parte. Recalcando enfáticamente la palabra “cualquier”-.
Eran las dos de la madrugada. Juan Luis y tío Miguel se habían recorrido media ciudad buscando a Blas. Estaciones, bares, zonas de paseo, establecimientos de recreo de dudosa reputación. La búsqueda fue infructuosa, aunque tampoco esperaban más.
-Si Blas no quiere dejarse ver, no hay quien le encuentre.
-Eso espero, Juanlu.
-Nosotros ya no podemos hacer más, mañana será otro día.
-Hazme un favor y sigue hablando.
-¿Por qué? ¿Piensas mejor cuando finges escucharme? –preguntó Juan Luis mientras conducía el viejo 127-.
-No digas chorradas. Me estoy durmiendo, y ya sabes que tengo mal despertar.
-Por si acaso, deja el bastón atrás.
Juan Luis guardaba bien fresco en la memoria el día en el que en una
situación similar a la de esa noche le intentó despertar y tío Miguel le arreó un bastonazo en la rodilla que le dejó cojo una semana. –“¿Por qué me despiertas, cabeza de bellota?”-. Dijo entonces después del garrotazo y antes de darse cuenta de que estaban en el hangar.
-El bastón no lo dejo ni pa dormir.
-Pues gaste usted cuidado, maese Peñalba, que no llevo la armadura puesta.
Tío Miguel esbozó una sonrisa sin fuerzas y miró a su sobrino con melancolía. Era la viva imagen de su padre, el hermano de tío Miguel, muerto en accidente de tráfico pocos años atrás. Juan Luis hablaba a veces en ese lenguaje de novelas caballerescas con la misma solemnidad y grandilocuencia que su padre. Había aspectos en los que no se parecían demasiado, pero su sentido del humor era exactamente igual.
Poco antes del accidente Juan Luis se había independizado. Había encontrado un empleo bastante estable en una pequeña escuela privada donde impartía clases de repaso por las tardes, además tenía sus propios clientes. Daba clases a domicilio a niños ricachones que se resistían a seguir los pasos de sus padres, y durante los fines de semana se dedicaba a corregir mecanoscritos para un editorial. Así pudo compaginar sus estudios y pagarse el alquiler de un pequeño estudio. Su madre se quedó sola y Juan Luis quiso volver al piso donde vivía, pero ella prefirió dejarle hacer su vida y se fue a vivir con sus hermanas, una viuda y la otra soltera, al barrio limítrofe. La mayoría de las veces que iba a visitarlas no estaban en casa, siempre se iban de andurreo por ahí, tiendas, paseos, bingo, partidas de cartas, cafés, reuniones de tupperware, de tuppersex... Mejor, pensaba Juan Luis. La vida sigue.
A Juan Luis le gustaba estar solo, pero a veces se le comían las cercanas paredes del estudio. Por suerte, ahora que había acabado la carrera, trabajaba también por la mañana dando clases a adultos de enseñanza básica e informática. Procuraba no estar demasiado tiempo en casa. La Minerva era su segunda vivienda, y Blas era con quien compartía buena parte de sus horas libres, aparte de tío Miguel.
A raíz del accidente los lazos entre tío y sobrino se estrecharon aún más de lo que ya estaban. Cada uno encontraba en el otro lo que echaban en falta en sus vidas. Prácticamente nunca salía el tema, tampoco hacían falta palabras, se conocían lo suficiente como para no tener que hablar de ello. Cuando Juan Luis tenía verdadera necesidad acudía a Blas, que escuchaba paciente sin opinar ni aconsejar, justo lo que necesita alguien que lo único que quiere es desahogarse. Blas sabía escoger el momento de tomar las riendas. Con su pericia oratoria era capaz de sacar a Juan Luis del pozo más profundo. Generalmente se les unía algún amiguete, era entonces cuando Blas descorchaba su portentosa imaginación y arrancaba las exclamaciones de asombro del amiguete y las carcajadas disimuladas de Juan Luis, que se lo miraba con cariño agradecido, cosa que Blas percibía y recibía con agrado.
-Ya llegamos tío.
-¿Eh?
-Cuidado con el bastón. Ya llegamos –dijo Juan Luis, deseando tener a mano un par de puntales para ayudar a su tío a mantener los ojos abiertos-.
Juan Luis paró el coche y abrió la puerta del hangar. El pitido de marcha atrás retumbó en las paredes del garaje. Se apeó y fue a ayudar a tío Miguel a salir del coche.
-Venga, pa casa.
-(...).
-Mierda –se quejó Juan Luis por lo bajo-.
Mirando el bastón de reojo dio un pequeño empujoncito en el hombro de su tío.
-Que ya estamos en casa.
-Brrrffsss –bufó tío Miguel-.
-Mierda –por lo bajo-, ¡eh, tío! –más alto-, ¡tío Miguel! –aún más-, ¡QUE YA HEMOS LLEGADO!
Tío Miguel pegó un brinco cual canguro asustado, abrió los ojos pero la gorra se le deslizó hacia delante y se los tapó. Blandió su bastón y lanzó un ataque con un swing que ni Severiano Ballesteros en sus buenos tiempos. Juan Luis, ya preparado, lo esquivó de refilón, pasó rozando su hombro derecho. Tío Miguel lanzó otro estacazo a tientas, Juan Luis se tiró al suelo hacia la izquierda con una palomita que ni Íker Casillas burlando con certeza la segunda embestida bastonil.
-Maldito seas, lacayo del Diablo, ¿por qué me despiertas? –gritó tío Miguel quitándose la gorra de los ojos-.
-Que ya estamos en casa, Gladiéitor.
-Te he dicho que no dejases que me durmiera.
-Ahora la culpa será mía.
-Grrrffrrr –mugió tío Miguel, saliendo del coche con dificultad pero ya calmado-.
-¿Te acompaño hasta arriba?
-No hace falta, llego solo. Perdona.
-Nada nada, así compruebo que estoy en forma.
-Buenas noches Juanlu, cierra bien cuando salgas.
-Adiós –se despidió, contento y orgulloso de mantener intacta su integridad física, mirando a tío Miguel subir la escalera que llevaba a las habitaciones, esperando que alcanzase su objetivo por si acaso.
“A eso le llama mal despertar, ¡casi me rompe la crisma! Menos mal que ya sé por dónde van a ir los tiros”.
Juan Luis se reía para sí. Se imaginaba que cualquiera que hubiese visto la escena hubiese pensado que estaba atacando a tío Miguel para robarle o algo peor, y hubiese llamado a la policía, o le hubiesen dado una paliza entre los dos, y tío Miguel, una vez despierto, le hubiese arreado un bastonazao al otro, por entrometerse, y…
“Qué imaginación, cada vez me parezco más a Blas”.
Con un caminar parsimonioso fue sorteando calles, apretando su chaqueta contra el cuerpo para combatir la cada vez más fría noche. Al quedarse solo, la imagen de Diana y su maravilloso culo se volvió a alojar en su cabeza.
“Qué casualidad, estoy justo delante de La Minerva, y aún está abierta”.
De casualidad nada.
Un pequeño diablillo rojo se le apareció a la izquierda de su cabeza y le dijo: -“Qué bien te sentará un café calentito”-. Al instante, un angelito vestido con una túnica blanca y con un aro resplandeciente coronando su testa entró en escena por la derecha diciendo: -“No le hagas caso, sabes que el café después no te dejará dormir”-. Juan Luis se quedó parado delante de la puerta esperando los argumentos de sus nuevos amigos.
“Ella te está esperando dispuesta a pasar contigo una noche de pasión”.
“Mañana tienes cosas que hacer, y es muy tarde”.
“La noche es joven”.
“Esa chica no te conviene, no la conoces de nada, recuerda las palabras de tu madre”.
“Tu madre se lo pasa bomba a su manera, hazlo tú a la tuya”.
“Estás cansado, es muy tarde”.
-Eso ya lo has dicho, no vale repetir –intervino Juan Luis-.
“Mejor un copazo que un cafetito”.
“Ya sabes cómo acabas muchas veces”.
“Alfonso está tocando el piano”.
“No son horas de músicas”.
“No escuches más a este petardo y entra de una vez, los tres sabemos que lo estás deseando”.
El angelito se quedó mudo, la última frase del diablillo había sido demasiando poderosa.
Los personajillos se difuminaron y Juan Luis entró en La Minerva. Estaba todo recogido y a media luz. Todas las sillas dormían encima de las mesas. Sólo quedaba Alfonso tocando una suave pieza al piano y los otros dos intentando articular alguna palabra inteligible con sus respectivos codos apoyados en la barra. Diana no estaba.
Dedicó un cansino saludo a los otros dos, uno de ellos le hizo una reverencia que a punto estuvo de dar con su frente contra el suelo. Se acercó a Alfonso y se quedó allí escuchando la dulce tonada, en silencio, disfrutando de la melodía y del grácil movimiento de manos de Alfonso, que se desplazaban por el teclado como virutas de seda arrulladas por una suave brisa.
-Hoy estás inspirado –susurró Juan Luis cuando Alfonso concluyó la pieza-.
-Toca oftra, San.
-Que no es “toca otra”, es “tócala de nuevo”, y se dice “Sam”, no “San”.
-Anda y que te den pol culo.
Los otros dos llevaban una cogorza encima de las que hacen época.
-Sírvete algo tú mismo, Juanlu, invita la casa, y ponles algo a aquellos dos, a ver si se derrumban ya.
Juan Luis se coló tras la barra y se sirvió un whisky con un cubito de hielo.
-Fllena aquí, niño.
-Eso, llena aquí, niño.
-¿For qué repites lo qfe yo digo?
-¿Yo?
-Sí, tú, ¿qfien va a ser?, el niño aún no ha afbierto la fboca.
-Disculpe usté, caballerete.
-Ya fveremos si te fdisculpo.
Juan Luis dejó a los otros dos con sus refinadas disertaciones filosóficas para volver con Alfonso. De camino hacia el rincón del piano miró de reojo al tablón. Había un nota nueva. El muchacho la leyó atentamente.
Cada segundo que pasa
se aclara el camino
se cierra el círculo
aumenta tu miedo
crece mi ansia.
Quiero lo que tienes
porque es mío
y ahora te quiero a ti
vivo, si puede ser
y si no muerto
aunque a mí me pese
y a ti te libere.

(Para ver el capítulo IX pinchar aquí).

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