14 abr. 2011

Hoy he limpiado la tele.


Hoy he limpiado la tele. Esto no parece que sea nada especial, pero en mi caso es noticia. No hace mucho mi hija me preguntó: -“¿Le puedo quitar el polvo a la tele?” –“Sí, claro, toma el plumero” -dije yo sorprendido. Mi hija es tan limpia y ordenada como cualquier niño de 10 años, es decir, cero. Entonces, ¿cuánto polvo debería tener el pobre aparato? Después, cuando el polvo ya había desaparecido –al menos el de la pantalla- descubrí que no tenía la vista tan mal como creía.

Pero hoy ha sido diferente, en mi cruzada contra la suciedad he ido mucho más allá. Estar en paro tiene sus cosas, hay que llenar el tiempo de alguna manera que sea útil y te satisfaga al mismo tiempo, por eso me he embarcado en varias cruzadas. Son éstas:

a)    Cruzada contra la suciedad.
b)   Cruzada contra el sobrepeso.
c)    Cruzada contra las sobremesas sin siesta.

Me siento útil y satisfecho.

Como decía, hoy he ido mucho más allá, me he armado con un trapo y el chus chus del limpiacristales y me he lanzado contra esa capa de polvo de grosor considerable que me hace dudar de mi buena visión. El vidrio de la pantalla es una cosa, pero el resto, que es de plástico, se requema y ennegrece por el calor, el tiempo y las horas de uso. Pero cuán grande fue mi sorpresa cuando al pasar el trapo húmedo -sin querer- por el plástico del marco lo negro se empezó a diluir. –“¿Es posible que lo negro no sea el nuevo color de la tele y sea realmente mierda?”. Vaya si lo era. Entusiasmado y con unción froté y froté viendo con satisfacción como en poco menos de un minuto la tele recuperaba su color original. En las horas siguientes no paraba de sorprenderme cada vez que la miraba, reluciente, como nueva. Para celebrarlo le hice una foto. Ésta es mi tele ahora:


Hubiese sido curioso tener una foto también del “antes”, para poder comparar y para plasmarla aquí como un interesante documento de gran valor doméstico, pero la diferencia hubiese sido tal que probablemente por vergüenza no la hubiese colgado. También hubiese estado bien hacerle fotos del antes y del después al trapo, que por supuesto tuve que tirar.

Prometo a partir de ahora cuidar más a mi humilde televisor, y prometo también no cambiarlo hasta que deje de funcionar, porque las alegrías que me da sólo son proporcionales al resultado de las carreras de Formula 1. Pero eso ya es otra historia.

Moraleja: No te fíes de lo negro.

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