9 dic. 2010

“La Paja en el ojo de Dios” – Jerry Pournelle y Larry Niven (1974) Adelanto.


Estoy leyendo un libro de ciencia-ficción alucinante. Éste sí es de naves espaciales y alienígenas. De momento voy por la mitad, pero no puedo evitar hacer un adelanto que me ha llamado especialmente la atención. He leído bastantes novelas de extraterrestres, pero en ninguna hay una descripción de uno de ellos como ésta. Es para flipar:


La criatura estaba extendida sobre una mesa de laboratorio. La escala que había al lado indicaba que era pequeño, un metro veinticuatro desde la parte superior de la cabeza a lo que Rod al principio creyó zapatos, concluyendo luego que eran pies. No había dedos en ellos, sino una banda de lo que podría haber sido cuerno en el borde delantero.

El resto era un confusa pesadilla. Dos brazos derechos muy delgados que terminaban en manos delicadas, cuatro dedos y dos pulgares opuestos en cada una. Del lado izquierdo un brazo inmenso y único, prácticamente un garrote de carne, bastante mayor que los dos brazos derechos juntos. La mano de aquel lado tenía tres gruesos dedos cerrados en una tenaza.

¿Defecto?, ¿mutación?. La criatura era simétrica a partir de lo que parecía su cintura; de la cintura hacia arriba era... distinto.

El torso era grande y macizo. La musculatura, más compleja que la de los hombres. Rod no era capaz de discernir la estructura ósea.

Los brazos..., en fin, producían una sensación muy extraña. Los codos de los brazos derechos ajustaban demasiado bien, como copas de plástico. La evolución había hecho aquello. No era una criatura lisiada.

Lo peor era su cabeza.

Carecía de cuello y los grandes músculos del hombro izquierdo ascendían suavemente hasta la cúspide de la cabeza del alienígena. Esa parte del cráneo se inclinaba hacia el hombro y era mucho mayor que la derecha. No había oreja izquierda ni espacio para ella. Una gran oreja membranosa de duende decoraba en cambio el lado derecho, sobre un hombro flaco que podría haber pasado por humano si no hubiese habido un hombro similar más abajo y ligeramente por detrás del primero.

En cuanto a la cara, nunca había visto nada igual. Por otra parte, no cabía hablar propiamente de una cara. Dos oblicuos ojos simétricos, desorbitados por la muerte, muy humanos, con cierto aire oriental. Boca inexpresiva; los labios levemente separados mostrando puntas de dientes.

Alucinante ¿no? Pues el ser en cuestión estaba muerto, los vivos tienen mucho más que ofrecer. Un enorme derroche de imaginación.

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